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miércoles, 4 de noviembre de 2015

Escritor (21) Muñoz Molina, el oficio del escritor

Antonio Muñoz Molina, el oficio del escritor


En el próximo estreno de TVE Somos Documental en Cineteca Madrid se proyectará 'Antonio Muñoz Molina, el oficio del escritor', un documental producido por Malvalanda y RTVE, con el apoyo de la Diputación de Jaén.

El documental es un retrato del escritor Antonio Muñoz Molina (Jaén, 1956), una de las grandes figuras de la literatura contemporánea en habla hispana. Aborda la trayectoria vital y literaria del autor de El invierno en Lisboa y El jinete polaco, ganador de premios tan prestigiosos como el Príncipe de Asturias de las Letras, el Nacional de Narrativa y el Premio Planeta y miembro de la Real Academia Española.

El prestigioso escritor reside desde hace muchos años entre Madrid y Nueva York. En España está su familia, su tierra, el lugar donde creció y que nunca abandonó; en Nueva York las ilusiones, el anonimato de sus calles y la vida pública sosegada. Allí ha trabajado en la Universidad de Nueva York como profesor de literatura y como director del Cervantes durante dos años . Es uno de los embajadores de nuestro idioma y nuestra literatura.

Rodado entre Madrid, Nueva York y Úbeda, el documental recoge tres extensas conversaciones entre Antonio Muñoz Molina y su esposa, la reputada escritora y articulista Elvira Lindo, su amigo y filólogo Pablo Valdivia, y su hijo y abogado de la propiedad intelectual, Antonio Muñoz Vico. El escritor repasa su infancia en Úbeda, su paso universitario por Madrid, sus veinte años en Granada, y su itinerante vida actual a medio camino entre la capital española y Nueva York.

Cincuenta y seis minutos en los que Muñoz Molina nos explica los motores que impulsan sus proyectos, el proceso creativo y su predisposición a seguir investigando en géneros tan variados como la novela, la poesía y el ensayo. Por último, y no por ello menos importante, el documental realiza una aproximación al pensamiento político y social de un escritor comprometido y contestatario, siempre dispuesto a alzar la voz ante las múltiples injusticias que asolan nuestro día a día.

Esta aproximación al universo personal y literario de un escritor indómito, fascinante y plagado de interesantes recovecos, ha sido el último trabajo del director Álvaro Giménez Sarmiento, después de los premiados 'Elena Asins - Génesis' (2014), 'Pulse' (2013), 'Luminaria' (2005) y 'Pernocta' (2004).

martes, 23 de septiembre de 2014

Asesinato (11) 'Into the abyss', de Werner Herzog



"En el caso de Into the Abyss siempre estuvo claro que el epicentro de las cosas era el crimen, un crimen que está más allá de mi comprensión. Me pareció muy aterrador, ya que era tan extraordinariamente absurdo, totalmente nihilista. Es por eso que me intrigó, quería saber qué había detrás de él: ¿Quiénes son los autores? ¿Quiénes son los supervivientes? ¿Quiénes son los detectives de los homicidios? ¿Qué aspecto tenía la la escena del crimen?" Werner Herzog

"(...) paisajes de pobreza y desolación americanas tomados desde la ventanilla de un coche en marcha: gasolineras en ruinas, anuncios de iglesias apocalípticas junto a las carreteras, las redes de alambre espinoso de una prisión, viviendas en caravanas viejas rodeadas de basuras." Antonio Muñoz Molina

Hoy publicamos 'Into the abyss', un trabajo del documentalista y cineasta alemán Werner Herzog que reflexiona sobre la pena de muerte y la violencia en la sociedad estadounidense a través del caso de dos asesinos convictos, dos jóvenes blancos de clase baja, la llamada 'white trash'. En octubre de 2001 en una deprimida zona rural de Texas Michael Perry y Jason Burkett, tras una noche de drogas y alcohol, entraron en una zona residencial de clase alta y mataron a tres personas para robar un coche que guardaban en su casa, un Chevrolet Camaro rojo. Tras el asesinato, Perry y Burkett condujeron durante tres días con el coche de un lado a otro, en una alocada huida que terminó en un tiroteo con la policía, su detención y su posterior encarcelamiento y juicio. Perry fue condenado a la pena de muerte y Burkett a cadena perpetua, aunque ellos siempre mantuvieron su inocencia a pesar de las pruebas en su contra. 

Herzog accede a las grabaciones del lugar de los crímenes y en sus entrevistas a los relacionados con el caso (los dos asesinos, sus familiares, los familiares de los muertos, el reverendo que va a escuchar a Perry antes de su ejecución, amigos, conocidos...) muestra los trastornos psicológicos evidentes en los múltiples damnificados por el mismo, retratando una sociedad perturbada por la miseria y la ignorancia, por la violencia explícita que permite el fácil acceso a toda clase de armas y la frustración de quienes quedan en los márgenes del sueño americano. Herzog, como europeo, intenta diseccionar esa cultura de muerte que es la de la pena capital, escrutándola desde todos los ángulos posibles. Los detalles de los crímenes ocurridos y el inminente asesinato a sangre fría institucionalmente ejecutado se añaden a la narración para dotarla de un dolor y una oscuridad que escalofrían e impregnan el ánimo de quien lo ve, hasta tiempo después de haberlo acabado.



Lecciones de abismo


Este hombre joven, Michael Perry, que parece todavía más joven de lo que es y que tiene un flequillo tieso sobre la frente y mira con la intensidad impúdica de un niño, será ejecutado exactamente dentro de diez días. Las dos paletas prominentes exageran su sonrisa y su risa fácil y le dan un aire de caricatura de dibujos animados. Su palidez malsana es la de quien desde hace mucho tiempo no conoce otra luz que los neones punitivos de una galería de condenados a muerte. Tiene veintiocho años, pero podría tener quince o dieciséis, dieciocho como máximo: como si se hubiera quedado en la edad que tenía cuando una noche de pastillas y alcohol fue con un cómplice a robar un coche deportivo rojo que a los dos les gustaba mucho en el garaje de una casa en una zona residencial de Tejas y acabó asesinando a tres personas: la dueña de la casa y del coche, su hijo de dieciséis años, un amigo de su hijo. Al cabo de menos de tres días de ir atolondradamente de un lado a otro en el reluciente coche rojo, y después de un tiroteo y de una huida insensata sobre el asfalto de una zona de descanso para camiones de gran tonelaje, Perry y su cómplice, Jason Burkett, fueron detenidos. En ningún momento hubo dudas sobre la culpabilidad de ninguno de los dos. Perry fue condenado a muerte. Burkett a cadena perpetua.

Perry es menudo, móvil, con una agitación de ardilla, más visible en el espacio hermético del locutorio donde responde a una entrevista, a través de una pantalla de plexiglás. Viste un mono de prisionero blanco y las paredes y los barrotes y la puerta con rejilla metálica del locutorio están pintadas de un blanco sucio de mugre y desconchones. Burkett es alto, serio, con una cabeza imponente, con ojos claros y lentos. Empezó a cumplir su condena con 19 años. Cuando recapacita que en el mejor de los casos podrá solicitar la libertad condicional dentro de cuarenta le cuesta hacer el cálculo de la edad que tendrá entonces. Cincuenta y nueve años, dice con incredulidad, mirando al vacío, abrumado por el peso de una duración inconcebible.


El interlocutor al que se dirigen permanece invisible para nosotros, aunque escuchamos su voz, que se expresa en un inglés muy correcto con acento alemán. Es la voz de Werner Herzog, que yo escuché en este mismo cine hace siete u ocho meses, en otro documental sobre las pinturas de la cueva de Chauvet, Cave of forgotten dreams. En él las linternas encendidas novelescamente sobre los cascos de espeleólogos alumbraban una oscuridad que se había mantenido intacta durante treinta mil años. El documental sobre Michael Perry y Jason Burkett y el torbellino de sangre que los dos desataron para robar un coche rojo se titula Into the abyss, y la negrura que explora es mucho más difícil de traspasar que la de una gruta prehistórica. La austeridad visual es máxima: una galería de personas que hablan mirando a la cámara o apartando los ojos de ella para romper en llanto o para quedarse ensimismadas; filmaciones de la policía tomadas en los lugares de los crímenes o en el lago en mitad de un bosque donde los asesinos arrojaron los cadáveres; paisajes de pobreza y desolación americanas tomados desde la ventanilla de un coche en marcha: gasolineras en ruinas, anuncios de iglesias apocalípticas junto a las carreteras, las redes de alambre espinoso de una prisión, viviendas en caravanas viejas rodeadas de basuras.

Herzog mira y escucha. Hace preguntas cortas y educadas. El impacto del crimen provoca ondulaciones concéntricas de sufrimiento que nunca se extinguen, ni siquiera cuando uno de los asesinos ha sido ejecutado. La hija y hermana de dos de las víctimas pone sus fotos encima de la mesa para hablar de ellas, y los muertos, al cabo de solo diez años, ya tienen un aire tristísimo de anacronismo, en la melena teñida de la madre, en su sonrisa contra un fondo azul eléctrico; también en el corte de pelo del adolescente que se quedó congelado para siempre en una moda ya obsoleta. Pero para esta mujer que pone delante de la cámara las fotografías de los suyos el tiempo tampoco parece que haya pasado. Aún se niega a tener un teléfono en casa. No quiere que haya un teléfono para que así no exista la posibilidad de otra llamada que corte en seco la vida para anunciar una desgracia.

Los objetos resisten al tiempo con igual contumacia que los recuerdos. El detective que investigó los crímenes y detuvo a Perry y a Burkett señala en un depósito de la policía el Camaro rojo que lleva diez años aparcado allí, entre otros coches relacionados con delitos, coches viejos y estropeados por la intemperie, con cristales o faros rotos, con abollones, con agujeros de balas que se han ido oxidando. El coche rojo ya es una ruina. Lo tuvieron que cambiar de sitio porque un árbol que había echado raíz en una grieta del asfalto estaba creciendo en su interior, entre el desorden de las esquirlas de vidrio y los restos de botellas y recipientes de comida basura que nadie retiró después del tiroteo.

Nadie puede inventar estas cosas. Hay zonas de experiencia en las que la ficción no sabe o no puede aventurarse. No hay película de terror que dé más miedo que esas imágenes rodadas por la policía en el lugar del crimen con una tosquedad de vídeo doméstico, mal iluminado, con movimientos bruscos de cámara: en un salón de distinguido mal gusto todas las lámparas están encendidas y los anuncios y las imágenes de una película se suceden delante de un sofá en el que no hay nadie; el movimiento torpe de la cámara capta la sangre que salpica el dintel de una puerta, la pared, las molduras del techo, como cuando estalla una cafetera o una olla a presión mal cerrada; sobre el mostrador de mármol de una cocina hay una bandeja con pegotes de masa de galletas que alguien estaba a punto de poner en el horno cuando sonó el timbre de la puerta; junto a la bandeja está abierto un libro de recetas; en el suelo de cemento del garaje hay una zapatilla deportiva y un rastro de sangre; junto a cada pista la policía ha puesto pequeñas etiquetas numeradas.

La sala de las ejecuciones por inyección letal es un cuarto de dimensiones mezquinas con las paredes pintadas de verde eléctrico. La camilla sobre la que se tiende al reo tiene dos extensiones laterales para poner los brazos. Atado por varias filas de correas el condenado extiende los brazos como en una crucifixión horizontal. La cortina verde se descorre y los testigos pueden ver la ejecución tan de cerca como si se celebrara en una salita familiar. El formulario en el que se certifica la muerte es una fotocopia de baja calidad. Cuando Michael Perry estaba a punto de perder el conocimiento la hija y hermana de dos de sus víctimas lo miraba a los ojos a través del cristal y vio que por la mejilla se le deslizaba una sola lágrima.

sábado, 13 de abril de 2013

Memoria (20) Memoria crítica

Memoria crítica

El saber mejora y libera, la ignorancia embrutece

Antonio Muñoz Molina26 marzo 2013


En España algo que nunca ha faltado son los defensores de la ignorancia. Tradicionalmente, solían pertenecer a los gremios más reaccionarios, y por lo tanto más interesados en la sumisión analfabeta de las mayorías. Nada como la ignorancia para asegurar la fe en los milagros y la reverencia hacia los terratenientes, y para asegurarles a estos las masas de jornaleros dispuestos a trabajar a cambio de salarios de limosna en sus latifundios, y en caso necesario a dejarse poner uniformes y a servir de carne de cañón en las guerras, marcando el paso en los desfiles ante el Santísimo y la bandera a los sones de un pasodoble patriótico. Predicadores de los catecismos socialistas utópicos del siglo XIX alentaban con una misma elocuencia las cooperativas obreras y la instrucción pública, y las primeras mujeres rebeldes que reclamaban la igualdad con valentía inaudita celebraban el aprendizaje y el conocimiento como herramientas necesarias para conseguirla.

Los socialistas y los anarquistas competían fieramente y a veces violentamente entre sí, e imaginaban paraísos obreros incompatibles, pero tenían en común una pasión idéntica por la educación. El saber mejoraba y liberaba; la ignorancia embrutecía. La reacción levantaba iglesias, cuarteles, conventos, plazas de toros; ser progresista —noble palabra liberal que en nuestra juventud quedó encogida y amputada y caricaturizada en el término “progre”— significaba, prioritariamente, levantar escuelas e institutos de enseñanza media desde los cuales irradiara el entusiasmo del conocimiento, la eficacia práctica y cívica de la racionalidad. Aprender mejoraba la vida de las personas y fomentaba la prosperidad del país, al permitir el despliegue colectivo de las formas más variadas del talento individual. En medio de las nieblas místicas del 98, inteligencias tan apegadas a la realidad de las cosas como la de Joaquín Costa, Giner de los Ríos y Santiago Ramón y Cajal proponían remedios muy semejantes para sacar al país del atraso y la abismal injusticia: escuela y despensa, regadíos, preparación técnica y científica, trabajo fértil y no humillante, estudio. A la II República le dio tiempo a hacer pocas cosas, pero algunas de las prioritarias fueron las escuelas y los institutos, y unos planes de bachillerato tan rigurosos que ni el franquismo pudo desguazarlos del todo. Que los matarifes del ejército sublevado en julio de 1936 se dieran tanta prisa en ejecutar a los maestros de escuela es el indicio de otro orden de prioridades.

Una de las sorpresas más desagradables de la democracia fue que la izquierda abandonara su viejo fervor por la instrucción pública para sumarse a la derecha en la celebración de la ignorancia. Y así se ha dado la paradoja de que al mismo tiempo que se cumplía el sueño de la escolarización universal triunfaba una sorda conspiración para volverla inoperante. La izquierda política y sindical decidió, misteriosamente, que la ignorancia era liberadora y el conocimiento, cuando menos, sospechoso, incluso reaccionario, hasta franquista. En otra época los argumentos contra el saber oscilaban entre un amor roussoniano por el niño como buen salvaje y una afición maoísta por convertir la mente en una pizarra en blanco en la que se inscribirían con más facilidad las consignas políticas. Ahora, como no podía ser menos, los celebradores del analfabetismo feliz echan mano de las nuevas tecnologías: ¿Quién necesita aprender nada, si todo el conocimiento está fácilmente, risueñamente disponible, con solo teclear en un teléfono móvil? Gracias a Internet, ejercitar y alimentar la memoria es una tarea tan obsoleta como aprender a cazar con arcos y flechas. Lo que hace falta no es embutir en los cerebros infantiles o juveniles “contenidos” que en muy poco tiempo se quedarán anticuados, y a los que en cualquier caso se puede acceder sin ninguna dificultad, sino alentar “actitudes”, otra palabra fetiche en esa lengua de brujos. Que el niño no aprenda, sino que aprenda a aprender, repiten, que desarrolle su creatividad, espíritu crítico, a ser posible transversalmente, etcétera.

Tanta palabrería de sonsonete científico encubre nociones extraordinariamente primitivas sobre la inteligencia y sobre la memoria: como si ésta fuera un fardo que pesará más cuanto más se cargue en ella, un almacén en el que los conocimientos aguardan a ser reclamados, como se recupera un archivo en un ordenador. Ni la curiosidad, ni el espíritu crítico, ni la tan celebraba creatividad se sustentan en el vacío. En los estudios más competentes sobre el funcionamiento de la inteligencia creativa se descubre cada vez más el valor de lo que se llama “working memory”: la memoria que trabaja, la memoria activa, la que compara ágilmente una experiencia inmediata con otras anteriores o con ejemplos aprendidos en los repertorios culturales, la que al poner juntos elementos en apariencia lejanos entre sí descubre conexiones y posibilidades nuevas. Es una poderosa y muy bien adiestrada memoria visual la que permite a un artista vislumbrar lo excepcional en lo común, lo semejante en lo que parecía diverso —y también a distinguir entre lo verdaderamente nuevo y la moneda falsa de la moda, y a saber que en la plena originalidad hay siempre un fondo inmemorial de experiencia del mundo—.

El conocimiento histórico o científico no son fardos inertes que estarán esperando a ser consultados en la Wikipedia, igual que un aparador inútil que acumula polvo en un guardamuebles. Lo que sabemos del pasado sucede en el presente, porque nos ayuda en la tarea imperiosa de intentar comprenderlo, y por lo tanto nos pone en guardia contra las manipulaciones y los groseros embustes a los que son tan aficionadas las castas políticas y los ideólogos. Sin una conciencia histórica informada y activa no hay manera de valorar lo que sucede ahora mismo, porque no hay términos de comparación con lo que sucedía hace muy poco o hace mucho; y tan necesaria como la conciencia histórica es un grado solvente de conciencia geográfica: la idea tribal de que el lugar de uno es el centro del mundo tendrá menos fervorosos adeptos si en la escuela y en el instituto se enseña la amplitud y la variedad de los paisajes y de las formas de vida. Que tanta información sea ahora inmediatamente accesible es una razón más para instruirnos en el rigor del conocimiento, no para desdeñarlo como innecesario: igual que la sensibilidad literaria se educa leyendo, y el oído escuchando, y la mirada viendo arte, la inteligencia crítica se afila aprendiendo a distinguir la información sólida y contrastada de la propaganda, el bulo y la calumnia. El saber despierta el apetito de saber más; la ignorancia sólo alimenta ignorancia y desgana.

En la izquierda, cualquier crítica del estado actual de la educación activa como un anticuerpo la acusación de nostalgia del franquismo. La derecha se ríe con esa sonrisa cínica del ministro de Educación: ellos van a lo suyo, a desmantelar lo público y favorecer los intereses privados y el dominio de la Iglesia, y en cualquier caso siempre tienen medios para costear estudios de élite y másteres a sus hijos. Es la clase trabajadora la que paga el precio de tantos años de despropósitos. De nuevo la ignorancia es el mayor obstáculo para salir de la pobreza. Quizás no falta mucho tiempo para que aparezcan de nuevo visionarios que vayan predicando por los barrios populares la utopía liberadora de la instrucción pública.

martes, 5 de mayo de 2009

Memoria (1) Somos lo que recordamos

“Hay que haber comenzado a perder la memoria, aunque sea sólo a retazos para darse cuenta de que esta memoria es lo que constituye toda nuestra vida. Una vida sin memoria no sería vida, como una inteligencia sin posibilidad de expresarse no sería inteligencia. Nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestra acción, nuestro sentimiento. Sin ella no somos nada…

La memoria, indispensable y portentosa, es también frágil y vulnerable. No está amenazada sólo por el olvido, su viejo enemigo, sino también por los falsos recuerdos que van invadiéndola día tras día… La memoria es invadida continuamente por la imaginación y el ensueño y, puesto que existe la tentación de creer en la realidad de lo imaginario, acabamos por hacer una verdad de nuestra mentira. Lo cual, por otra parte, no tiene sino una importancia relativa, ya que tan vital y personal es una como la otra”. Luis Buñuel (Mi último suspiro)


Con esta cosita tan cierta y tan estremecedora, presentamos la primera de las entregas que haremos sobre una de las más invocadas, pero también maldecidas funciones del cerebro y la condición humana, sobre nuestro disco duro, sobre las constelaciones de neuronas y circuitos cerebrales que conforman nuestra memoria, preciosa palabra que sin embargo se queda corta si queremos describir todas los significantes y significados que a la memoria damos.


Primera Parte. La memoria en el cerebro

"Nos miramos y desde mis ojos señales eléctricas parten instantáneas a las profundidades de mi cerebro y entonces, en un rumor de sinapsis, tu mirada se graba para siempre en mi memoria."


La memoria humana es la función cerebral resultado de conexiones sinápticas entre neuronas mediante la que el ser humano puede retener experiencias pasadas. Los recuerdos se crean cuando las neuronas integradas en un circuito refuerzan la intensidad de las sinapsis.

Estas experiencias, según el alcance temporal con el que se correspondan, se clasifican, convencionalmente, en memoria a corto plazo (consecuencia de la simple excitación de la sinapsis para reforzarla o sensibilizarla transitoriamente) y memoria a largo plazo (consecuencia de un reforzamiento permanente de la sinapsis gracias a la activación de ciertos genes y a la síntesis de las proteínas correspondientes).

La memoria humana, a diferencia de la memoria de los animales que actúa principalmente sobre la base de sus necesidades presentes, puede contemplar el pasado y planear el futuro. Respecto de su capacidad, se ha calculado el cerebro humano puede almacenar información que “llenaría unos veinte millones de volúmenes, como en las mayores bibliotecas del mundo”.

Fuente: Wikipedia

Anatomía de la memoria


Dentro del sistema límbico de nuestro cerebro se halla el hipocampo, dos pequeñas regiones -una en cada hemisferio cerebral- que conforman una estructura cerebral fundamental en la que se gestionan la memoria a corto y a largo plazo.En él se encuentran hasta cuarenta millones de células nerviosas que permiten unir primero y almacenar después los distintos fragmentos de información que le llegan desde nuestros órganos sensoriales, determinando si se hace en la memoria a corto plazo o si ha de consolidarse en la memoria a largo plazo. De esta forma, el hipocampo recrea y construye los recuerdos como un todo reunificado cuando, tiempo después, invoquemos momentos ya pasados.

Si el hipocampo resulta dañado, se pueden tener serias dificultades a la hora de formar nuevos recuerdos y normalmente también afecta el acceso a los recuerdos anteriores al daño, lo que se conoce como amnesia retrógrada. En este documental (unos tres minutos) pueden ver con más detalle cómo opera esta pequeña pero fundamental estructura cerebral para descartar o grabar a machete en nuestra memoria los hechos y tiempos de nuestras vidas.


Los siete pecados de la memoria

Para completar la información sobre cómo se alojan los recuerdos en nuestro cerebro ofrecemos el interesante y didáctico documental Los siete pecados de la memoria de uno de nuestros programas fetiche, Redes, de Punset, sobre las triquiñuelas que nuestro cerebro utiliza para dar coherencia y creíble solidez a las arenas movedizas que sustentan nuestros recuerdos. Aunque a veces los materiales que utiliza para ello sean falsos.

Es fácil afirmar que, sin memoria, no hay pasado. Lo revolucionario es que la neuropsicología ha descubierto que, sin memoria, tampoco hay futuro. Curiosamente, cuando imaginamos lo que viene, se activan las mismas partes del cerebro que cuando recordamos el pasado.

A nadie le extraña ya que nuestra memoria no sea un fiel registro de las experiencias vividas. El cerebro crea, completa e inventa para dar coherencia al pasado. Pero lo que ahora se está demostrando es que si la memoria nos falla y nos juega malas pasadas, es para unificar mejor nuestro yo presente con el del pasado, e incluso con el del futuro.

Mediante técnicas de neuroimagen y experimentos psicológicos, Daniel Schacter profesor de psicología de la U. de Harvard y especialista en memoria y neuropsicologí­a y autor del libro Los siete pecados de la memoria, estudia los engranajes de la memoria. Schacter explica que la memoria no es tan fiable cuando lo que intentamos recordar son los detalles de lo que ha sucedido hace tiempo. Pero, a veces, cuando la memoria parece engañarnos, lo hace para sintetizar el significado general de nuestra experiencia, para darle un sentido a lo que nos ha sucedido. (Fuente: página de Redes)


Segunda parte. La memoria como condena
Jorge Luis Borges publicó en 1944 su magistral libro de cuentos Ficciones, en el que incluía el relato Funes, el memorioso, donde el autor argentino narra de forma memorable la sorprendente historia de Ireneo Funes, un chico de 19 años que tras un accidente, queda tullido pero dotado de una memoria infalible que le permite recordar hasta el más mínimo detalle de todo lo que había vivido.

En este cuento maestro Borges construye lo que él mismo definió como "una larga metáfora del insomnio" -pues Ireneo apenas duerme, lo que le priva de la labor depuradora del sueño-, reflexionando sobre la diferencia entre el conocimiento absoluto y la razón ya que, según el propio autor, Funes carecía de la capacidad del pensamiento. "Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos".
Les ofrecemos algunos párrafos de este magnífico cuento. El maestro argentino dibujando la prisión perpetua dentro de una memoria absoluta, una memoria sin un lugar donde habite el tan necesario olvido.





Borges. Funes, el memorioso


(...) Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre.

Arribo, ahora, al más dificil punto de mi relato. Este (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro
argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.

Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.)

Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.

Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo. Y también: Mis sueños son como 1a vigilia de ustedes. Y también, hacia el alba: Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras. Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.

Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.(...)

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Tercera parte. Muñoz Molina, la memoria del escritor

Para terminar y presentando candidatura a los Premios Alfajor Glaseado a la Excelencia en el desempeño, ofrecemos La fuerza de la memoria, una impagable y poco conocida entrevista -grabada del Canal Cultura, creo que en el 2001, cuando presentaba Sefarad, ese libro capital que debería leerse en las escuelas- en la que el escritor jienense Antonio Muñoz Molina desgrana lo qué significan para él once palabras, una por cada letra de sus apellidos, once temas capitales en su vida, en su obra literaria y en su conciencia moral. Palabras y temas como Mágina, la ciudad imaginaria trasunto del Jaén de su infancia y en la que transcurren algunas de sus novelas, sus influencias literarias, la ternura, la literatura, la derrota, los libros, el conocimiento de la Historia, la identidad, materiales todos que conforman su alma y su memoria.

Es media hora intensa, humanista, magnífica, que nos ofrece no sólo uno de los mejores escritores españoles vivos sino, sobre todo, un hombre honesto y lúcido
como pocos en este país.