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lunes, 21 de octubre de 2013

Demencia (9) El anacoreta y el psicótico

El anacoreta y el psicótico

¿Qué es la locura? El concepto de enfermedad mental es demasiado acomodaticio y nos excusa de preguntarnos sobre su verdadero sentido. De esa manera, elimina la responsabilidad del sujeto.


Jean Renoir tiene 56 años cuando rueda El río, la más conmovedora de sus películas. Lleva años viviendo en Estados Unidos, país al que llega huyendo del fascismo, y donde encuentra desde el principio grandes dificultades para dirigir. El río, basada en una novela autobiográfica de Rummer Godden, una gran especialista en narraciones juveniles, la rueda en la India. Destacan en ella la perfecta mezcla de realismo y romanticismo, la verdad de la interpretación de los actores, en su mayoría no profesionales o con muy poca experiencia, y la excelente fotografía, en el brillante Technicolor de la época, de Claude Renoir.

Este es en pocas palabras su argumento. A orillas del Ganges, cerca de Calcuta, Harriet y sus amigas Melanie y Valerie, hijas de colonos británicos, reciben la visita del capitán John, un mutilado de guerra. A través de la mirada de Harriet asistiremos al descubrimiento del amor y sus zozobras, pues las tres amigas se enamoran muy pronto del capitán. Harriet tiene un hermano pequeño, que es su compañero de juegos. La casa familiar se abre a un hermoso jardín, que es su reino, y ellos están juntos hasta que la llegada del soldado hace que Harriet se olvide de su hermano, que una tarde es mordido por una cobra y muere. No es fácil ver unas imágenes de más pura y contenida emoción que las del entierro del niño. La tierra de color salmón, la presencia ensimismada de la vegetación, el agua terrosa del río, por cuya orilla marcha el cortejo fúnebre, componen una escena que encierra todo el misterio y la desolación de la pérdida. Harriet no puede ser responsable de una desgracia como aquella, pero sabe que si hubiera estado al lado de su hermano este seguiría con vida. También que el jardín, y con él el mundo libre y abierto de la infancia, ha quedado para siempre atrás. Y que lo ha hecho a través de una muerte de la que ya nunca podrá liberarse. Hay otro elemento perturbador. El capitán John, el joven soldado que las visita, ha perdido una pierna, y lleva en su lugar un miembro ortopédico. De forma que la salida de ese jardín que es la infancia coincide con la aparición del cuerpo dividido y de su inevitable consecuencia: la amenaza de la locura.

Debemos aprender a mirar esos cuerpos heridos. En ellos no solo está el dolor, el ansia infinita de paz del psicótico, sino la memoria de ese cuerpo con el que soñamos en el amor. La memoria de sus pérdidas y de sus órganos olvidados. No hay poesía sin esa visita a la cuba de Barba Azul, no hay poesía sin oscuridad. Los psicóticos recuerdan a la criatura de Frankenstein, y pienso sobre todo en las dos películas que James Whale dirigió en los años treinta, con Boris Karloff en el papel de la criatura. Hay una escena, en La novia de Frankenstein, la segunda de ellas, que no es posible olvidar. El monstruo, que se ha escondido en el bosque, llega a una casa donde vive un anacoreta. El anacoreta es ciego y por esa causa lo acoge sin temor. Se establece entre ellos una cálida amistad. El anacoreta le da comida, vino, ¡hasta de fumar! Le hace escuchar música y el monstruo todo lo mira maravillado. No hay que ser más delicado y sensitivo, más lleno de temor. Más abierto a todas las seducciones. Más ajeno al daño.Pero ¿qué es la locura? El concepto de enfermedad mental es demasiado acomodaticio, ya que al definir la locura como enfermedad nos excusa de preguntarnos por su verdadero sentido y elimina la responsabilidad del sujeto. La pregunta por la locura conlleva pues una nueva pregunta, que es la que debe interesarnos, la que se refiere a lo que el sujeto será capaz de hacer con ella. Algo, por otra parte, presente en la idea freudiana del delirio como trastorno, pero también como movimiento vinculado al saber y a la reconstrucción. Recordemos el caso Schreber, y cómo, según Freud, es precisamente su delirio lo que logra estabilizarle y, al rebajar su sintomatología, le permite abandonar el hospital. En los misterios egipcios se dice que "en el hombre hay dos pares de ojos, y es requisito necesario que el par de dentro se cierre cuando el par de fuera percibe; pero solo cuando el par de fuera está cerrado puede el de dentro abrirse". El psicótico ve solo con los ojos interiores, su mundo es espectral. El cuerdo con los ojos exteriores, su mundo es pura objetividad. Es el poeta quien los concilia a los dos. El poeta lleva el fantasma a la vida, quiere que lo bello sea útil, que cada par de ojos se alimente de la visión del otro.

El joven del que se enamoran las adolescentes en la película de Renoir enferma porque no puede olvidar el cuerpo que perdió. Harriet y sus amigas le enseñan que solo aceptando esa pérdida será capaz de recuperar la capacidad de amar. Los amantes recuerdan a los psicóticos dado que el amor, como la psicosis, supone una ruptura, la entrada cualitativa en una experiencia distinta. Los que aman son hablados por otras voces, su identidad se fragmenta y para reunificarse necesitan algo cercano al delirio. Pero el amor antes que con la locura tiene que ver con la poesía, ya que aunque es cierto que el amante delira lo que quiere sobre todo es vivir entre los demás. El psicótico quiere que la realidad se someta a sus sueños, el amante que sus sueños se hagan reales. Ambos acuden al mercado de los cuerpos, pero mientras la psicosis nos dice que nunca encontraremos en él lo que perdimos, el amor nos dice que debemos arreglarnos con lo que nos ofrecen en ese mercado. Recordemos el final del mito de Orfeo. Orfeo, tras perder a Eurídice, es troceado por las bacantes que diseminan su cuerpo por el bosque. Su cabeza va a parar al río, y las aguas la arrastran. Mientras lo hace no deja de cantar. Michel Foucault dijo que la locura es la ausencia de obra. La obra supone la aceptación de la pérdida; el delirio es su negación. El canto del poeta habla del regreso, del encuentro con el mundo; el delirio, del cuerpo espectral, un cuerpo que no puede volver. Todos los psicóticos tienen un cuerpo así. Todos han perdido partes de sus cuerpos, y deliran tratando de recuperarlos. La locura es el regreso de esos trozos perdidos. El doctor Frankenstein construye un cuerpo con ellos. Un cuerpo que solo puede ser el de un psicótico, pues está hecho de fragmentos de otros cuerpos, de otras vidas distintas y cuyo deambular es su delirio.

Los buenos psiquiatras se comportan como ese anacoreta. Reciben a los psicóticos con los ojos cerrados, les atienden por un tiempo, les dan de comer y fumar, hasta que se alejan. Luego recogen sus poemas y sus dibujos y escriben libros sobre ellos. Es curioso, los psicóticos vienen de la muerte, del reino de lo siniestro, y sin embargo son dulces, silenciosos, infinitamente educados. Son como la criatura de Frankenstein. Fijaros en sus gestos, en su increíble delicadeza. La visión de una cama les conmoverá hasta la muerte, porque ellos no pueden dormir. Una simple cuchara abandonada sobre el mantel les hará llorar, pues no tienen dedos para cogerla. Miran las cosas con los ojos terribles del que sabe que jamás serán suyas. Añoran un mundo quieto, tranquilo, donde yacer domesticados. Podrían comer de nuestras manos, podrían ser nuestros criados. Si les mandáramos hacer cosas, las harían llorando. Les gustaría no tener que esconderse. Su cuerpo no es el cuerpo de la pureza, sino el cuerpo nacido de la cuba de los despedazamientos. Cuentan, a través de su sufrimiento, la historia de nuestro corazón.

Gustavo Martín Garzo es escritor.

jueves, 25 de abril de 2013

Demencia (8) Desenredar la mente

Re-publicamos los dos estupendos documentales ('Los olvidados de los olvidados' llevábamos tiempo buscándolo) programados por La Noche Temática en su especial "Desenredar la mente" que nos permiten conocer las historias de dos personas muy distintas, el africano Grégoire Ahongbonon y el doctor alemán Heinz Lehman quienes, cada una en sus muy distintas coordenadas mentales, épocas, países y zonas de influencia, decidieron entregar su vida a la labor de intentar ayudar a personas con desórdenes mentales graves, aliviando los sufrimientos estos seres desdichados que siempre han padecido doble, por su enfermedad mental y por el rechazo de la mayoría de la sociedad donde viven.


La Noche Temática. "Desenredar la mente"

La Noche Temática nos aproxima a la enfermedad mental a través de dos documentales: Los olvidados de los olvidados, un trabajo que retrata la situación de los enfermos mentales en África, donde la falta de políticas y las supersticiones les hace vivir en condiciones inhumanas; y El legado del Dr. Heinz Lehman, una producción sobre la búsqueda de tratamientos nuevos y más humanos en un momento en el que imperaba la práctica del electrosock y la lobotomía. 


1. "Los olvidados de los olvidados”


Hombres, mujeres y niños encadenados, la mayoría a la intemperie, privados de comida y agua... algunos de ellos azotados regularmente o abandonados en las ciudades desde niños por sus propias familias. Este documental muestra la situación en la que se encuentran la mayoría de los enfermos mentales africanos, desde esquizofrénicos graves a simples epilépticos. Junto a ellos, la impresionante historia de un hombre, Grégoire Ahongbonon, un reparador de neumáticos africano, que un día decidió dedicarse a rescatar, curar y reinsertar en la sociedad a estos enfermos, fundando la Asociación Saint Camille para cuidar de ellos.


Cuenta Grégoire que no es difícil llevárselos de sus familias. Todo lo contrario: a menudo están contentas de dejarlos en manos de alguien. Siempre que no se pida dinero, están dispuestos a entregarlos como un regalo. A veces, algunos enfermos rehúsan regresar una vez curados y son ellos los que constituyen el personal del centro. Además de los centenares de enfermos que viven en los centros de acogida, hay más de 15.000 enfermos ya recuperados y reintegrados en sus familias, a los que la Asociación hace un seguimiento periódico y facilita la medicación necesaria para evitar recaídas.




2. “El legado del Dr. Heinz Lehmann”

En 1937 el Dr. Lehmann huyó de la Alemania nazi para iniciar una nueva vida en Canadá. Comenzó su carrera profesional en el Hospital Verdún, a las afueras de Montreal. En aquel momento, los hospitales psiquiátricos eran en palabras de Lehmann, “pozos de serpientes”. Con reclusos desnudos que yacían sobre sus propios excrementos, gritos que emanaban de salas de aislamiento cerradas, ordenanzas que luchaban por meter a los pacientes en camisas de fuerza; enfermos que recibían duchas de agua fría y eran sometidos a tratamientos de electroshock y lobotomías...

Lehmann se negó a aceptar estas condiciones e inició la búsqueda de tratamientos nuevos y más humanos que supuso el contacto directo con los enfermos. Como las actividades de pintura, barro y costura que inició con un grupo de mujeres que fueron todo un éxito. Al final del tratamiento las mujeres iban vestidas y participaban de las actividades.

El Dr. Lehmann fue pionero en la psiquiatría moderna y su aportación fue decisiva para transformar los hospitales psiquiátricos en los entornos terapéuticos que conocemos hoy en día.Pero el mayor legado del Lehmann llegó con una sola pastilla, Largactil, el primer fármaco anti-psicótico utilizado en América del Norte. El tratamiento de pacientes con esta droga fue todo un éxito ya que redujeron e incluso terminaron por completo con los delirios y las alucinaciones de las personas psicóticas, e incluso en muchos casos con su sufrimiento. Un descubrimiento revolucionario que ha permitido que los enfermos crónicos puedan llevar una vida normal aunque controlada.

Este documental ofrece extraordinarias imágenes de archivo de los médicos realizando electroshock y lobotomías que demuestran hasta qué punto ha llegado la medicina psiquiátrica. Esta cinta también nos acerca al Instituto Nacional de Salud en Washington, el mayor centro de investigación psiquiátrica del mundo, donde el trabajo de Lehmann se tiene en cuenta para desentrañar los secretos que guarda el cerebro.


viernes, 1 de febrero de 2013

Demencia (7) Víctimas de otra locura

Un artículo de El País nos acerca a la escalofriante realidad del manicomio de la ciudad siria de Alepo, cuyos 150 internos intentan sobrevivir entre el frío helador y el hambre constantes, la suciedad y la falta de medicación, apenas sostenidos por algunos cuidadores tan entregados como desbordados. Se resisten a abandonar a estos seres desdichados a otra insania, la de la guerra que asola su país. 

Víctimas de otra locura


El joven Mohamad Badawi escruta desde la oscuridad a los visitantes que se mueven por los pasillos desvencijados del hospital mental Al Moshatead. Cubre su cabeza con un gorro blanco que no puede disimular sus enormes ojeras. Sus pies, descalzos, están morados del frío del suelo. “Hace meses que no reciben la medicación y cada día que pasa están peor. Muchos han perdido definitivamente la cabeza”, explica Mahmut Seyad, que llevaba cinco meses trabajando como celador cuando la guerra empezó, en el verano pasado, a golpear la ciudad de Alepo, la capital económica siria. “Y cuando tienen brotes violentos no podemos hacer absolutamente nada para calmarlos salvo encerrarlos a solas en una habitación hasta que se cansen de golpearse…”.


Tres internos en una de las habitaciones del hospital mental Al-Moshatead en la ciudad siria de Alepo, en diciembre de 2012. / J. M. LÓPEZ

Mátar (que en árabe significa lluvia) se acurruca contra el quicio de una puerta. Sus dientes castañetean debido al frío. El muchacho, el más joven de los 150 pacientes internados, está descalzo y solo un fino jersey de color azul abriga su enjuto cuerpo. “No hay luz, no hay calefacción, no hay agua corriente en los baños, apenas reciben comida. En los últimos cuatro meses han muerto ocho personas. Nosotros no podemos hacer nada más por ellos. Tratamos de cuidarlos lo mejor que podemos, pero en estas condiciones lo raro es que no hayan muerto todos”, se lamenta el celador.

“Estoy bien, gracias a Alá”. “Estoy bien, gracias a Alá”. “Estoy bien, gracias a Alá”, repite una y otra vez sin parar Omar Satut mientras se mueve frenéticamente adelante y atrás. El anciano recoge una colilla de la cama y se la lleva a los labios. “Quiero salir a la calle y luchar por mi país. Quiero luchar…”, implora el anciano, al que le tiemblan las manos de frío. Da una calada a la colilla y suelta una bocanada de humo imaginario. “Hace mucho tiempo que perdió la cabeza. Piensa que aún es oficial del ejército y que tiene que ir a luchar contra Israel. No se quita nunca sus pantalones de camuflaje. Así es feliz”, prosigue Seyad.

En la parte superior del edificio, oculto por los barrotes negros de una balaustrada, un anciano come una especie de puré con una cuchara. “Si no fuera por la gente de este barrio que les da comida, hace muchísimo tiempo que hubiesen muerto de inanición”, comenta un celador mientras muestra varias habitaciones de este psiquiátrico. “Cuando la guerra alcanzó Alepo, todo el personal que trabajaba aquí dejó de venir y los abandonó. Son parte de mi familia y no tengo intención de abandonarlos para que se mueran de frío o de hambre. Lucho por ellos cada día”, explica. “Antes de la guerra, sus familiares venían una vez por semana a ver cómo estaban y a traerles comida, pero desde que la Ciudad Vieja se convirtiese en uno de los frentes de Alepo han dejado de venir a visitarlos. No nos los podemos llevar a ningún sitio porque cuando termine la guerra es posible que vengan a buscarlos o a preguntar por ellos”, apunta Abu Mohamad Zakaria, el otro celador que, junto con Seyad, decidió permanecer en su puesto, al principio sin cobrar.

Llueve con intensidad sobre la ciudad de Alepo. En el exterior de este edificio erigido en 1900 se encuentra Abu Abdu, un anciano de barba canosa, cuyos dientes cayeron hace décadas y que también trabaja en el centro. El sonido de las armas ligeras se escucha nítidamente, pero los pacientes ni se inmutan. “Hemos recibido varios impactos por la artillería del régimen. Cuando nos bombardean, metemos a todos los internos dentro de la misma habitación para que no estén nerviosos y tratamos de calmarlos”, comenta. “Los doctores dejaron de venir porque tenían miedo a que nos tiraran una bomba… Incluso el director ha dejado de venir con asiduidad; ahora lo normal es que venga un par de veces por semana, si es que viene”, prosigue.“Cuando era un bebé, sus padres lo trajeron hasta este hospital para dejarlo en acogida”, comenta Zakaria acariciando la cabeza de Hamza, un joven que padece síndrome de Down y duerme junto a otro interno. “Hace tanto frío que tienen que dormir de dos en dos para darse calor entre ellos. No tenemos mantas y colchones para todos, así que tienen que compartirlos”, sentencia el celador.

“Ahora tenemos un nuevo director, Abdel Asis, que era el antiguo dueño de este edificio. Es un empresario que se dedica al mundo del textil; él es al único al que le importan estas personas”, comenta Mahmut Seyad, quien recibe un salario cercano a los 10 euros al mes. 

Mohamad Badra lanza besos con la mano y saluda desde el interior de una habitación. Los celadores le encierran en la habitación y echan el cerrojo. “Es bastante problemático y suele pegarse con el resto de los pacientes, por lo que la mayoría del tiempo permanece encerrado y aislado de los demás”, comenta Zakaria. “Aún no ha llegado lo peor”, advierte Abu Abdu. “Cuando comiencen las heladas y a nevar será terrible. Me temo que muchos de ellos no serán capaces de sobrevivir al invierno. Sin calefacción y sin nada con qué calentarlos, están condenados a morir de frío”.

Tras cruzar unos arcos y llegar a un segundo patio, Zakaria advierte: “Ahora viene la peor parte. Es la peor habitación de todo el hospital. Aquí tenemos a los que no pueden estar sueltos por el centro”, dice mientras abre un pestillo que bloquea una doble puerta de cristal. El hedor en el interior es nauseabundo. El olor a orín se mezcla con el de las heces y los vómitos. En una habitación de 10 metros cuadrados hay encerrados 15 pacientes sobre cuatro colchones de espuma amarillenta.

Mahmut gruñe y con uno de sus dedos comienza a escribir en la pared. “Solo puede mover los brazos y el cuello y articular sonidos. Nos comunicamos con él mediante gestos”, indica el celador. “Está escribiendo su edad. Según él, tiene 85, pero realmente tiene 45 años”, aclara el celador. Mahmut cubre con un pañuelo blanco la boca para evitar manchar el colchón y la manta con sus propios vómitos. Su cuerpo presenta innumerables llagas. “Todos llevan pañales porque no son ni siquiera capaces de ir al baño por ellos mismos. Les lavamos una vez al día”, afirma. En el fondo, uno de los pacientes se golpea la espalda fuertemente contra la pared mientras tararea una melodía. El resto de pacientes mueven las manos siguiendo el compás de los acordes. Zakaria cierra la puerta y corre el pestillo. Los locos se quedan encerrados mientras la locura corre libre por las calles.

viernes, 10 de febrero de 2012

Demencia (6) Dimensiones esquizofrénicas




Transcripción

Dimensiones

Inicialmente las experiencias fueron positivas. Yo estaba viviendo fuera de la realidad convencional. Sabes, un sentido de la conciencia muy intenso. Umm, una especie de delirios de grandeza bastante agradables. Abría un periódico y pensaba que todo se refería a mí. Si estaba escuchando la radio del coche suponía que el DJ me hablaba a mí directamente y cada canción tenía un mensaje solo para mí y durante una etapa experimentaba la realidad como si todo Londres estuviera a cien metros debajo del agua lo que era bastante extremo. Era una realidad bastante extraña para vivir. Algo bastante angustiante era experimentar...umm...un accidente nuclear, quiero decir, para mí era como si hubieran explotado bombas nucleares y estuviera sintiendo la radiación. Sentía la enfermedad de la radiación y este tipo de cosas me ocurrieron varias veces.

Las primeras voces que empecé a escuchar mucho eran de mi familia, mi madre, mi padre, hermana, hermano, pero más adelante eran muy persecutorias, nada placenteras, para nada algo con lo que quisiera continuar. Encuentro sorprendente el poder del cerebro humano para recrear 10 ó 20 voces perfectamente. Quiero decir, las voces eran muy angustiantes, la impresión era que me animaban a autolesionarme o al suicidio. Se fueron haciendo bastante desagradables. Recuerdo escribir en mi diario "Dios nunca pude imaginar que la realidad normal pudiera volver", supongo que en función de la interpretación médica usando algo de esta psicosis encontré opciones para salir de esta desagradable situación.


Animated Minds


Dimensions

Initially the experiences were quite positive. I was living outside consensus reality….You know a very heightened sense of awareness... Umm kind of delusions of grandeur which are quite pleasant… So I’d open up a newspaper and I’d think it would all refer to me. if I was listening to the radio in the car I’d assume that the DJ was talking directly at me and that every song had a message to myself and at one stage I was experiencing reality as if the whole of London was under a 100 metres of water which was pretty extreme. It was a pretty strange reality to be in. A very distressing one was experiencing… umm… a nuclear fall out I mean for me nuclear bombs had gone off I was feeling radiation. I was feeling radiation sickness and this kind of thing happened several times.

I mean the first voices I started hearing a lot of was my family so my Mother, Sister, Brother, Father, but later on they were very persecutory that wasn’t pleasant and it wasn’t something I wanted to continue. I do find it amazing the power of the human brain that it can recreate you know 10, 20 voices perfectly. I mean the voices were very distressing the, the, the impression is they were encouraging me to self harm or commit suicide. They were getting pretty nasty. I remember writing in my Journal God I could never imagine the old normal reality coming back I suppose taking on some of the medical interpretation that this is psychosis gave me some more options to get out of a very unpleasant situation.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Demencia (5) Los límites de la razón

Los límites de la razónInforme Semanal 08 oct 2011



La mente humana y sus patologías es uno de los terrenos en los que la ciencia aun tiene trabajo pendiente. Al margen de que hay mucho por conocer sobre las causas de algunas enfermedades mentales, un problema añadido es que siguen siendo un estigma social para quienes las padecen. Los especialistas se esfuerzan en recordar que esos trastornos bien diagnosticados y con un tratamiento adecuado, permiten a los enfermos llevar una vida normalizada, tan solo con algunas limitaciones.

El próximo lunes se celebra el Dia Mundial de la Salud Mental. Por eso hemos querido acercarnos a las historias de quienes se vieron un dia atrapados por una depresión o por la esquizofrenia. Un tres por ciento de la población española sufre algún tipo de trastorno mental grave.

martes, 22 de febrero de 2011

Demencia (4) El individuo esquizofrénico



Intro

Cuando este blog daba sus primeros y balbuceantes pasos ya
nos ocupamos por primera vez de la esquizofrenia, una enfermedad mental tan compleja como fascinante, aún rodeada de tabús, prejuicios y cierta ignorancia pues, a pesar de afectar a un porcentaje significativo de la población mundial (aproximadamente un 1% de la población, como la diabetes, con incidencia similar en todos los países) y de los numerosos estudios y experimentos realizados desde hace décadas para desenmarañar sus causas y mecanismos de acción en la mente humana, estos aún se desconocen en buena parte.

Factores genéticos, defectos en el desarrollo neurológico, infecciones víricas, consumo elevado y continuado de algunas drogas (como la cocaína o las anfetaminas) o la alteración química del cerebro (desequilibrios marcados en la concentración de neurotransmisores como la dopamina y la serotonina) podrían ser los causantes de algunos de los síntomas de la enfermedad. De esta forma, una concentración elevada de dopamina en ciertas partes del cerebro como la vía mesolímbica (que afecta a órganos cerebrales como el mesencéfalo, amígdala, núcleo accumbens y cortex prefrontal) puede ocasionar alucinaciones y delirios, síntomas que suelen denominarse síntomas positivos de la esquizofrenia, (aquellas manifestaciones que el paciente hace o experimenta y que las personas sanas no suelen presentar), mientras que concentraciones anormalmente bajas de dopamina en esas zonas suelen asociarse a algunos de los llamados síntomas negativos de la esquizofrenia como apatía, falta de energía, anhedonia, pobreza afectiva o insociabilidad.

La esquizofrenia es un desorden mental complejo de efectos psicóticos, es decir distorsiona la percepción de la realidad por parte de quien la padece, que tiene grandes dificultades para distinguir lo real de lo imaginado, viendo afectado su tono afectivo, conducta y forma de relacionarse con su entorno. Su etimología (del griego, schizo 'división' o 'escisión' y phrenos 'mente') la ha hecho ser frecuentemente confundida con el trastorno de identidad disociativo (o "trastorno de personalidad múltiple" o de "doble personalidad").

La enfermedad suele presentarse por primera vez en la adolescencia o juventud temprana, es más precoz en los hombres que en las mujeres y tiene en nosotros un curso más deteriorante. Muchas veces es una condición que persiste toda la vida de una persona, pero también hay quienes se recuperan de la mayor parte de sus síntomas gracias a los tratamientos con antipsicóticos y la rehabilitación psicoterapéutica. Sin embargo, la medicación actual funciona para aliviar las alucinaciones y la distorsión de la realidad de los pacientes pero en cambio fracasa casi siempre a la hora de que puedan realizar actividades normales que requieren enfocar la atención como trabajar, estudiar o las relaciones personales, lo que les inhabilita laboral y socialmente. Recientemente se han descubierto las causas de esta incapacidad para la concentración.En un estudio realizado por científicos de la Unidad de Psicosis e Investigación del Benito Menni (Sant Boi), estos han comprobado que el cerebro de una persona con esquizofrenia no logra desconectar lo que los especialistas llaman la red neuronal por defecto, algo así como el piloto automático cerebral que se mantiene activo cuando no se piensa en nada. En personas sanas, cuando se hace algo (leer, hablar, estudiar, conducir) se desconecta esta función para concentrarse en la tarea. En los esquizofrénicos no, lo que les impide focalizar su atención en cualquier actividad de ese tipo.

Una vez dada esta aproximación conceptual nos aproximaremos a la vivencia de esta enfermedad les ofrecemos varios encuentros con las terribles experiencias vitales de algunas personas que la padecen o padecieron. En primer lugar conoceremos a Mariluz Corcuera, una enferma de esquizofrenia que nos cuenta el curso de su enfermedad a lo largo de su vida y las experiencias límite que tuvo que sufrir hasta que aprendió a convivir con su mal.Es decir, detrás de cada caso hay una persona, un individuo, que sufre sus propios síntomas y su propia incomunicación con el mundo que le rodea y que reacciona ante ella de acuerdo a sus propios talentos y facultades intelectuales. De esta forma, en segundo lugar nos aproximaremos al art brut, arte marginal y primitivo, propio de los enfermos mentales a través de la pintura de Martin Ramirez. El año pasado pudimos ver en el museo Reina Sofía la muestra "Marcos de reclusión" que albergaba por primera vez en suelo europeo la obra de este artista mejicano, un emigrante en Estados Unidos en los tiempos del crack del 29 que fue diagnosticado (quizás erroneamente) sucesivamente de esquizofrenia, depresión aguda, catatonia y psicosis y encerrado en una institución psiquiátrica hasta su muerte en 1963.

Su traumático choque con una cultura a la que no se adaptó (además era sordomudo) potenció su incomunicación y aislamiento en si mismo
que derivó en un empeoramiento de sus síntomas a lo largo de los años. Sin embargo su mente halló un escape plasmando sus vericuetos en toda clase de papeles y envoltorios, logrando un arte impactante, inquietante, abismal, que recoje las obsesiones de una mente sufriente y ensimismada.

Finalmente les ofrecemos el documental Uno por ciento, esquizofrenia, de Ione Hernández donde varias personas con esta enfermedad nos hablan de sus delirios, sus soledades y de, a veces, su miedo a sí mismos.



Primera parte. "Cuando pierdes la cabeza, sobra lo demás"


Mari Luz Corcuera convive desde hace más de 30 años con este trastorno mental. «Haciéndote fuerte por dentro no te vienen las paranoias de fuera», asegura.

Ainhoa Iriberri
. Suplemento Salud El Mundo


Mari Luz Corcuera tiene un día a día muy atareado. Se levanta temprano, pasea al menos siete kilómetros cada mañana, practica yoga, lee y participa en un programa de radio de la Asociación en Lucha por la Salud Mental y los Cambios Sociales (ALUSAMEN), a la que pertenece desde hace más de 10 años. Excepto porque tiene una incapacidad que le impide trabajar, esta mujer de 64 años hace una vida prácticamente normal. Sin embargo, le ha costado mucho llegar hasta aquí.

Mari Luz pertenece al 1% de los españoles que padece esquizofrenia, una enfermedad psiquiátrica que está considerada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como una de las 10 patologías más invalidantes que existen. «Trabajaba de maestra en un colegio religioso en Madrid, tras haberme salido de monja después de más de 15 años de servicio. Eran los últimos años del franquismo y yo era muy revolucionaria, la que llevaba al colegio las consignas del movimiento de enseñanza. En esos tiempos, animé a mis compañeros a ir a la huelga. El director del centro llamó a un comisario de policía que me dijo: 'Ya puedes irte a trabajar lo más cerca a Canarias, porque te voy a hacer la vida imposible'.Desde entonces, cada vez que veía un policía, y había muchos en la calle a finales de 1974, pensaba que venían a por mí», relata sobre los inicios de su enfermedad. De esos primeros tiempos recuerda el miedo. «Notaba que me perseguían. Me quedaba en casa para estar a salvo y me entraba agorafobia [pánico a los espacios abiertos]. Pensaba que me iban a disparar desde cualquier ventana y tenía lo que yo llamo pensamiento transparente, creía que los demás tenían acceso a mi mente y sabían lo que estaba pensando».

Al principio, no era consciente de su dolencia. «Creía que lo que me pasaba era verdad; fui al médico porque mis amigas se pusieron muy pesadas. La psiquiatra me dijo directamente que estaba como una cabra y que, si quería que me tratara, tenía que ser en el hospital».

No recuerda bien qué fármacos le recetaron en aquella época, pero sí que no los consumía con mucha disciplina. «No era consciente de que estaba enferma. Para un esquizofrénico, aceptar la patología es media curación. Dices, ¿qué me va a hacer un psiquiatra, si a mí lo que me pasa es que me están persiguiendo?».

Sus experiencias hospitalarias le llevaban a alternar periodos de baja y alta laboral. Tenía el apoyo de familiares y amigos, pero el día a día en el colegio era duro. «Además de las paranoias, el antipsicótico que tomaba entonces -sólo de vez en cuando- hacía que se me fueran los ojos continuamente a las luces. También notaba pérdida de memoria».
En 1981, seis años después del diagnóstico, llegó la incapacidad laboral. El pronóstico que figuraba no podía ser más crudo: esquizofrenia paranoide con imposibilidad de recuperación.

A partir de entonces, deambuló por alrededor de 15 hospitales, probando diversos tipos de terapias. «Fui a un psiquiátrico privado en Palencia, porque una amiga monja se había curado allí; pero no nos dejaban entrar en la habitación, nos hacían trabajar y, además, eran todas de derechas y yo no comulgaba con sus ideas».
Uno de sus peores recuerdos es un centro en Marruecos, donde fue a parar a causa de un brote psicótico que sufrió en el transcurso de un viaje organizado. «Tenía los colchones de paja, la comida era horrible. De la rabia, tiraba los platos al suelo; además, nadie de mi familia sabía donde estaba, mis hermanos tuvieron que remover cielo y tierra para encontrarme».

De entre las experiencias más positivas, destaca una clínica privada en Madrid donde le hicieron una cura de sueño. «Se me olvidó todo. ¡Qué liberación!, no me perseguía nadie».
El momento clave que cambió el curso de su enfermedad se produjo hace 20 años, cuando tomó conciencia de su problema y de la necesidad de tratarse farmacológicamente. «Un amigo vasco me dijo 'no seas ignorante, que el cerebro es química. A tí te falta algo y lo tienes que tomar'».Paradójicamente, él fue el origen de una de sus paranoias más impactantes. «Hablabamos mucho de la situación política en el País Vasco. Me empecé a obsesionar y pensé seriamente que ETA me había elegido para matar al Rey, porque al estar loca no me iba a pasar nada». Esta obsesión recurrente fue la causa de su último ingreso hospitalario hace ya más de cinco años.Desde entonces, ha aprendido a convivir con su enfermedad a base de trabajo. «He salido de lo más profundo que uno se puede imaginar y ahora estoy encantada con la vida. Voy a yoga, a talleres, leo libros de autoestima. He orientado mi vida a tener la cabeza amueblada». Comparte piso con una amiga que también padece esquizofrenia. El contacto con otros enfermos es constante, la mayoría de las veces a través de ALUSAMEN. Fue precisamente en una fiesta de esta asociación, donde se atrevió a recitar por primera vez unos versos que había escrito: «Nadie sabe lo que sufre un enfermo mental, cuando pierdes la cabeza, sobra todo lo demás".


Segunda parte. Martín Ramírez, arte más allá de la esquizofrenia


Del psiquiátrico al Reina Sofía

Susana Gaviña - Diario ABC

En el plazo de cincuenta años, los dibujos de Martín Ramírez (Jalisco, 1895-Sacramento, 1963) pasaron de colgar en las paredes de una estancia del DeWitt State Hospital, una institución psiquiátrica de California -donde recluían a locos y tuberculosos-, a hacerlo de los muros del Museo Reina Sofía. Entre estas dos fechas, apenas nada. Tan sólo el reconocimiento o la curiosidad de algunos artistas, y el empeño del Dr. Tamo Pasto, profesor de psicología y arte, que visitaba de manera asidua a Ramírez y que vio en su obra algo más que la expresión visual de alguien a quien habían dado por loco (teoría que hoy se tambalea). Pasto fue el responsable de salvar parte de su obra, casi medio millar de dibujos, de las llamas del fuego (el pegamento que utilizaba Ramírez en algunas de ellas contenía saliva y las enfermeras pensaban que podían ser causa de contagio), y de intentar darla a conocer tras la muerte de este artista autodidacta.

Sofisticación formal

Ramírez, emigrante, víctima del crack del 29, vagabundeó por las calles hasta ser encerrado, a los 37 años, en una institución mental. Entonces, decidió recluirse también en su propio mundo, el arte, un arte «de una gran sofisticación formal», del que Manuel Borja-Villel, director del Reina Sofía, destaca «su manera de reflejar, a través de sus dibujos, el juego entre el afuera y el adentro». Ese interés por mostrar otros enfoques de la historia del Arte -«para que exista un centro tiene que haber una periferia»-, es lo que ha llevado al Reina Sofía a dedicarle esta retrospectiva -la primera en Europa- a Ramírez. Bajo el nombre «Marcos de reclusión», la muestra, comisariada por Brooke Davis Anderson, que ya coordinó otra exhibición de este artista en 2007 en el Folk Art Museum de Nueva York, aclamada por la crítica, reúne ahora un total de 62 dibujos procedentes de coleccionistas privados y públicos.

Todas sus obras encierran las referencias vitales del artista. Desde su México natal, con sus dibujos de vírgenes y de iglesias; a California, donde emigró en los años 20 para trabajar en el ferrocarril. De ahí brotaron sus jinetes, túneles y trenes. Ilustraciones que aparecen encerradas por líneas y curvas repetidas hasta la obsesión, creando un clima inquietante, claustrofóbico, símbolo quizá de su propia incomunicación.

De técnica inicialmente muy primitiva, «Ramírez utilizaba cualquier papel que tuviera a mano, a veces lo fabricaba él mismo o lo sacaba de la basura, y robaba los lápices a los celadores», explica Anderson, con el tiempo, logró que aquellos que le visitaban le facilitaran mejores materiales. «Con ayuda o no de su entorno, Ramírez logró crear un vocabulario visual diferente».La muestra que se puede ver ahora en el Reina Sofía abarca los últimos quince años del artista, «las obras no están ordenadas de manera cronológica, pues no están fechadas, aunque sí las hemos reunido por temas», matiza.
Arte marginal

El artista mexicano nunca dejó testimonio escrito alguno sobre el significado de su obra. Lynne Cooke, subdirectora del Reina Sofía, afirma que «tampoco esto es lo que más nos interesa sino el discurso que crea a su alrededor». Y recuerda que los artistas outsiders han sido centro de atención en numerosas ocasiones. «Max Ernst y Klee fueron los primeros en volver la vista hacia los artistas marginales». Para Cooke la interrogante es otra: el papel que deben jugar los museos en la actualidad respecto a otras formas de arte. «¿Debemos adelgazar las fronteras o reafirmarlas?» En este caso, el Reina Sofía lo tiene claro.

Martín Ramírez falleció en Sacramento el 17 de febrero de 1963. Fue enterrado solo, pues su familia no podía asumir los gastos del traslado a México. Ayer, en su entrada en el museo, estuvo acompañado por su nieta, varias bisnietas y una tataranieta.Martín Ramírez nace en 1895 en los Altos de Jalisco (México). En 1927 emigra a California. Trabaja en las minas y en el ferrocarril. En 1927 se produce la guerra Cristera en México, Ramírez pide a su hermano que cuide de su mujer y sus hijos. Tras el Crack del 29 le despiden. En 1931 es detenido y enviado a un psiquiátrico. Le diagnostican esquizofrenia. En 1935, comienza a pintar. En 1948, le trasladan a DeWitt. Muere en 1963.



Tercera parte. Uno por ciento, esquizofrenia

Borja Hermoso 06/11/2006

Setenta y cinco secos, duros, desasosegantes minutos dura 'Uno por ciento, esquizofrenia', el documental con el que Julio Medem y la directora donostiarra Ione Hernández pretenden rajar el tabú social ante un mal que afecta a 52 millones de personas en todo el mundo. Y que es ignorado por la inmensa mayoría del resto de los mortales.
La idea de poner la cámara y el micrófono delante de los enfermos esquizoides para que contaran sin rodeos la enfermedad que les afecta y cómo les afecta fue idea del propio Medem, que hace año y medio encargó a Ione Hernández la realización de la película sobre un guión coescrito por ambos. El documental fue proyectado el sábado por la noche dentro de la sección Eurodoc del Festival 100% Europeo de Sevilla.

Por delante del objetivo van desfilando Montse, Efrén, Xavi, Alberto y los demás, desgranando con impúdico y desolador lujo de detalles las sucesivas versiones de su personal via crucis. No hay trampa ni cartón -exceptuando la caligrafía que sale de la sala de montaje, manipuladora por naturaleza- en 'Uno por ciento, esquizofrenia'. Esto no es 'Alguien voló sobre el nido del cuco', sino un trozo de realidad en estado bruto.

Sólo enfermos, familiares y psiquiatras (como Juan José López-Ibor) relatando los porqués y los cómos del problema, la oportunidad o no de tal fármaco, la bondad o no de las terapias artísticas, la convenencia o no de tal terapia, la soledad del enfermo, la desesperanza y la esperanza del entorno cercano... o la tormenta interior del esquizofrénico: "Veo rayos que salen de la esquina del techo", cuenta uno; "estaba obsesionado con que me perseguían maricones", relata otro; "me doy mucho miedo cuando me dan los ataques", reconoce ante la cámara un tercero...

"Siempre me interesó mucho el tema de la esquizofrenia", comenta Julio Medem. "Me hice médico para ser psiquiatra, aunque no lo soy, por suerte; porque cuando descubrí la esquizofrenia, me di cuenta de que nunca sería capaz de ayudar a estas personas... y mira, ni siquiera he sido capaz de dirigir esta película, una película que, aviso, remueve muchas cosas, y eso es fundamental".

La coguionista y directora Ione Hernández, que firma aquí su primer largo tras haber rodado cortos de ficción, explica: "Es increíble, pero no me he encontrado a casi nadie que sepa que se haya hecho este documental que no tuviera a alguien cercano con este problema... y sin embargo, nunca lo habían comentado. En ese sentido, creo que esta película puede ayudar a hablar, a romper el tabú".
La sinceridad de los protagonistas de la película es, en su opinión, la clave: "Esa franqueza a la hora de contarlo a mí me parece una lección brutal de vida; porque son seres humanos con un problema gordísimo y nos lo están contando y, con eso, de alguna forma nos están dando su tesoro, porque nos están revelando su intimidad y su lucha... a nosotros, que en general estamos llenos de prejuicios y de miedos hacia ese tema".

Nada fue fácil en la génesis y desarrollo de 'Uno por ciento, esquizofrenia'. Todo empezó con una larga fase de encuentros preparatorios, tal y como explica la directora: "Primero les conocía y estaba con ellos a nivel de tú a tú, y luego les decía directamente lo que pretendía hacer, sin demasiados rodeos, porque los esquizofrénicos se caracterizan por tener muchísima intuición y, pese a todo, tienen como una conexión muy fuerte con lo real. Así que hablaba con ellos. Es gente que necesita atención, porque está desatendida por la sociedad, así que cuando les das atención, ellos lo perciben y te la devuelven".

El mejor piropo al resultado final de la película no le llegó, claro, de un crítico de cine... sino de un médico: "Hablé con un psiquiatra de los que participa en la película, se la enseñé y se quedó asombrado, y me dijo que, en todos sus años de consulta, él no había conseguido que le contaran en una sesión las cosas que me habían contado a mí".

Ni la idea, ni la gestación, ni las consecuencias de 'Uno por ciento, esquizofrenia' apuntan a lo que pudiera llamarse una película más. Esta vez, el cine es analgésico, es solidaridad y es ausencia de prejuicio. "Para mí fue muy duro, mentiría si dijera que no", confiesa Ione Hernández, "porque estás con ellos y te cargas de ese poso, que luego queda; es duro, es durísimo".

Pasillos de hospital, fondo negro, el sonido de gente acosada oyéndose a sí misma por dentro, la desesperanza ante los fantasmas ("no me veo bien, nada bien, y me da miedo"), la ilusión ante la mejoría ("creo que cada vez voy estando mejor, ya no estoy como cuando decía que iba a ir a pegarle tres puñaladas a uno"), la feroz evidencia de la ausencia de cura definitiva: "Supongo que me moriré sin superar esto". El uno por ciento que sufre, el uno por ciento al que sin pensar demasiado llamamos locos. El uno por ciento de la esquizofrenia.

domingo, 22 de marzo de 2009

Demencia (3) La demencia en diez palabras

En esta magnífica escena de la película de Stanley Kubrick El Resplandor (The shining, 1980) una aterrada Wendy -interpretada estupendamente por Shelley Duval- descubre lo escrito por su marido Jack Torrance -un desatado Jack Nicholson- durante su estancia en el hotel Overlook, la obra en la que le veía trabajar todos los días, obsesivamente.


"All work and no play makes Jack a dull boy", "mucho trabajar y poco jugar hacen de Jack un chico aburrido" (absurdamente traducida en el doblaje y subtítulos como "No por mucho madrugar amanece más temprano"). La locura condensada en diez palabras, los fantasmas de un lugar aterrador apoderándose de una mente que siempre les perteneció.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Demencia (2) Nueve Discursos Sobre Cómodo


Demencia:

1. f. Locura, trastorno de la razón.
2. f. med. y psicol. Deterioro progresivo e irreversible de las facultades mentales que causa graves trastornos de conducta.


Nueve Discursos Sobre Cómodo

Pintada en 1963 por Cy Twombly y comprada recientemente por el museo Guggenheim de Bilbao por 20 millones de euros, esta obra compuesta de nueve lienzos de gran formato (2,04 por 1,34) plasma la inmersión en la locura del emperador romano Cómodo (el de la tan buena película como históricamente inexacta Gladiator) que tiranizó el Imperio Romano y acabó sus días convencido de ser la reencarnación de Hércules. Fue asesinado en 192 d.c.

Puede observarse cómo evolucionan progresivamente los cuadros desde un aparente orden psicológico a la degeneración mental, a un caos visceral representado en los brochazos color sangre (con varias texturas, como vísceras derramándose en una pared) superpuestos sobre las estructuras grises cuadriculadas.

Se cree que las obras de Twombly con la muerte como temática podrían haberse inspirado en el asesinato en directo de John Fitzgerald Kennedy ese mismo año. Esta obra, fuertemente expresionista, fue muy criticada en su tiempo ya que no entraba dentro de los cánones estéticos de la época, basados en el pop y el minimalismo y, como suele ocurrir, sólo una revisión posterior de la obra de Twombly la puso en el lugar que merece.

Desde luego recomendamos una excursioncita a Bilbao para ver esta obra magnífica y otras igual de buenas del mismo Twombly y ya de paso el impresionante museo que la contiene.

martes, 18 de noviembre de 2008

Demencia (1) Sigue el desafío de la esquizofrenia

Esquizofrenia Med. Grupo de enfermedades mentales correspondientes a la antigua demencia precoz, que se declaran hacia la pubertad y se caracterizan por una disociación específica de las funciones psíquicas, que conduce, en los casos graves, a una demencia incurable.

Vimos hace unos días el estupendo documental 1% Esquizofrenia que dirigió Ione Hernández y produjo el algunas veces pedorro Julio Medem. Enfermos y doctores radiografiando los abismos íntimos de unas personas a veces aterradas de sí mismos. Se hecha algo en falta un análisis más causal (aunque se sepan pocas causas con certeza) y fisiológico de una enfermedad (o síntoma) epítome de lo incomprensible. El Juez Roy Bean recomienda su visionado e incluye en el pack el último episodio de Redes con Punset de charleta con la neuropsiquiatra María Ron, que desmonta algunos mitos sobre esta enfermedad.