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domingo, 1 de octubre de 2017

Odio (9) El odio según José Antonio Guardiola


Si algo he perseguido a la hora de elaborar el reportaje "La llama del odio", que emitimos En Portada a las 23:20 en La 2 de TVE, es que el ciudadano, gracias a la televisión pública, sepa reconocer los mensajes destinados a generar odio en las sociedades y a la vez conozca las herramientas para frenarlo, para evitar el contagio. Hoy, más que nunca, esos mensajes afloran en los aparatejos con pantalla de colores que llevamos en nuestros bolsos o bolsillos.


"La llama del odio" es un proyecto global, con una guión compartido con Alicia Gomez Montano, la realización de Teresa Mora y el montaje de Javier Mula. Y la colaboración, entre otros, de Yolanda Alvarez, Carlos Franganillo, Luis Pérez Lopez, Marisa Rodríguez, Miguel Angel Garcia Tve, Almudena Ariza, Elena Ochoa Ruiz, Aurora Mínguez y Oscar Mijallo. (José Antonio Guardiola)

La llama del odio

El discurso del odio siempre ha existido, pero las nuevas tecnologías han reforzado su impacto. Se ha rodado en Estados Unidos, Polonia, Francia, Alemania, Rusia, Israel, territorios ocupados y España.


Frank La Rue, director de Comunicación de la Unesco, detalla las cinco condiciones para determinar el discurso del odio.

En Portada 25.10.2017 José Antonio Guardiola

“La verdad pasó a ser un elemento menos necesario para la población”. La frase es de Frank La Rue, director de comunicación de la Unesco. La Rue es un guatemalteco dedicado últimamente a estudiar los límites de la libertad de expresión después de haber luchado en los 80 -desde el periodismo- contra los dictadores de su país.

Y le añadió La Rue a Marisa Rodríguez, corresponsal de TVE en París: “Muchas personas prefieren enterarse de la vida a través de lo que comparten con sus familiares, amigos. Eso se vuelve para ellos en símbolo de la verdad, la noticia del día. Sea efectivamente cierto o no. Porque no hay procesos de verificación.”



Creo que el reportaje La llama del odio habrá cumplido su objetivo como servicio público si todos nos paramos a pensar que ante falsas informaciones es recomendable volver a la tradición, aquélla que te dirige a un medio prestigioso para confirmar si ese titular escabroso y poco creíble es cierto o no.



Si no lo hacemos, si damos por rigurosos algunos de los mensajes que nos llegan a nuestro teléfono móvil a través de la redes sociales, estaremos contribuyendo a crear una sociedad débil ante los discursos de odio… Y todo lo que la historia nos enseña que puede venir después.



jueves, 31 de agosto de 2017

Asesinato (17) 'Seré asesinado', de Justin Webster


"Lamentablemente, si ustedes están viendo este mensaje es porque fui asesinado por el presidente Álvaro Colom... la razón de por qué estoy muerto se debe a que fui el abogado de Khalil Musa y su hija Marjorie, que fueron salvajemente asesinados también por el presidente Colom".


Este podría ser perfectamente el inicio de un thriller o de una película de suspense. El anzuelo ideal de cualquier director para mantener al espectador atento desde el minuto cero y mucho más expectante si sabe que este inicio es el de un hecho real. El vídeo en el que el Rodrigo Rosenberg, un rico abogado guatemalteco, anuncia su muerte y señala de manera directa a sus asesinos. El abogado de 47 años anunciaba que tenía pruebas de la complicidad directa del presidente y su mujer en el asesinato del 14 de abril del conocido empresario textil Khalil Musa (74 años) y su hija Marjorie Musa (con quien mantenía un romance). 

En ocho minutos, con traje oscuro, camisa blanca y corbata azul, Rosenberg va desgranando las vicisitudes de su muerte anunciada, ocurrida un domingo de mayo de 2009 cuando salió a dar un paseo en bicicleta cerca de su casa, un barrio residencial de la ciudad de Guatemala. El caso Rosenberg convulsionó entonces a la sociedad guatemalteca, traumatizada por una violencia en la que cada día morían asesinadas 15 personas y en la que el 98% de esos asesinatos quedan impunes. Un asesinato plagado de oscuridades y controversias con un desenlace inesperado.  

'Seré asesinado'

El documental que hoy publicamos, dirigido por el periodista y cineasta británico afincado en Cataluña Justin Webster, entra de lleno en este caso asistiendo casi en directo a un complejo entramado de dudas, mentiras, venganzas, traiciones, violencia, enfrentamientos políticos y amor. 

Con la participación de Eduardo Rosenberg, hijo del personaje central de esta historia, y del fiscal español Carlos Castresana, entonces al frente de la Comisión Internacional Contra la Impunidad de Guatemala (CICIG), encargado de dirigir la investigación del caso real como narradores de los hechos, ponen en imágenes una historia inquietante que sacudió las bases institucionales de Guatemala.

De la realidad a la ficción

La historia fascinó a Webster, autor de media docena de documentales, como FCB Confidencial, donde narraba los entresijos de funcionamiento de la junta del Barça presidida por Joan Laporta, o Conexión Madrid, una investigación de cómo y por qué un grupo de musulmanes de Madrid llegó a formar el comando que en 2004 perpetró el 11-M. Un director abocado a las investigaciones, decidido a meter las narices en sitios de los que otros preferirían mantenerse alejados. 

"Lo que pasó es profundamente elocuente del estado de violencia y de justicia de posguerra, de infierno casi, que vive Guatemala. Por qué y cómo murió es entrar en el alma de Rodrigo Rosenberg, y por otra parte, en el alma de Guatemala. Y esto tiene aspectos universales, porque este país es un caso extremo, pero contaminado por una impunidad que podemos reconocer. La muerte de Rosenberg es una parábola y una tragedia sobre una impunidad reconocible".

miércoles, 14 de junio de 2017

Odio (7) La Haine: el odio según Mathieu Kassovitz


"Esta la historia de un hombre que cae de un edificio de 50 pisos. Para tranquilizarse mientras cae al vacío, no para de decirse: hasta ahora todo va bien, hasta ahora todo va bien, hasta ahora todo va bien..."

Así comienza la película que hoy publicamos en otra entrada de nuestro ciclo de cine europeo así como otro post de nuestro vocabulario fundamental sobre el odio. En 1995 el director y actor francés Mathieu Kassovitz mostraba la guerra de clases en las degradadas banlieues (barrios periféricos) parisinas con una película despiadada que sacudió las conciencias de la acomodada sociedad francesa, que ignoraba sistemáticamente las demandas de sus ciudadanos más desfavorecidos.

Kassovitz y el excelente elenco de actores de este film  (entre ellos el siempre brillante Vincent Cassel en el papel del siempre irascible Vinz) mostraban un desolador retrato de los suburbios urbanos de los 90’ pero bien podría describir la realidad actual, a la que habría que añadir el siniestro componente del terrorismo yihadista, tan presente en nuestros días y que por aquel entonces aún no se había manifestado. Los conflictos sociales, la desigualdad, el paro y la falta de oportunidades, todos ellos son los vectores que alimentan el odio y la rabia latentes que llevan décadas germinando y que convulsionan la sociedad gala en estallidos de violencia cada vez más frecuentes.

'La Haine' relata 19 horas desesperadas en la vida de tres amigos en un deprimida banlieu a las afueras de Paris. Vinz, Saïd y Hubert, un judío, un negro y un árabe que, enfrentados a una vida sin futuro, poco más tienen que hacer que vagabundear por su barrio, malgastando las horas de sus días, rumiando su frustración, mostrando su hostilidad contra todo el que se cruza en su camino.

Tras una revuelta popular que desemboca en enfrentamientos con la policía y que dejado el barrio y sus corazones envueltos en llamas, Abdel, un buen amigo suyo, ha sufrido una fuerte paliza de la policía y está en coma. Vinz, que ha encontrado una pistola perdida tirada en el suelo, quiere venganza. Mientras tanto, Hubert no para de decir que "la haine attire la haine!", el odio lleva al odio...

Tanta vigencia sigue teniendo esta película (ya un clásico indiscutible del cine francés), que en 2005 a los diez años de su primera proyección, se presentó el documental 'Les dix ans de La Haine' (Los diez años de La Haine) dirigido por Benjamin Geffroy. Centrado en entrevistas al director, productor y actores de la película que retrataban el inquietante contexto social que se vivía en Francia una década antes y cómo pensaron mostrarlo en la película, así como las dificultades del rodaje y cómo consiguieron superarlas. Aquí mismo se lo ofrecemos:



En 2015 y quizá espoleado por los atentados en la revista Charlie Hebdo, Kassovitz mostró su deseo de rodar una secuela de este film; suponemos que todo lo que ha sucedido después no habrá hecho más que reafirmarle en su idea. Porque entonces como ahora, en la sociedad francesa sigue existiendo una tensa realidad que avisa que 'hasta ahora todo va bien, hasta ahora todo va bien... pero lo importante no es la caída, sino el aterrizaje'. Y quién sabe cuán lejos, o no, estemos de tocar fondo. Aquí tienen, 'La Haine', disfrutenla. 

jueves, 20 de octubre de 2016

Miedo (7) El miedo en tiempos de ETA

Hoy que se cumplen cinco años del anuncio del fin de los atentados por parte de la banda terrorista ETA conviene que no olvidemos lo que muchas personas tuvieron que sufrir durante demasiados años en Euskadi. El miedo, un miedo que se metía en los huesos de tantas personas amenazadas de muerte por su profesión, por lo que decían, por lo que pensaban, por el 'algo habrá hecho', miedo porque les vieran tener miedo. Una época terrible en la historia de nuestro país, una época que aún es una asignatura pendiente en el País Vasco. 

Viviendo con los etarras


Recuerdo de pequeño un miedo de otra época, el pánico nuclear, aunque siendo niño era como un juego. Te daban tebeos de Protección Civil con dibujos que explicaban qué era un hongo atómico y cómo debía ser un refugio, aunque por supuesto no conocía a nadie que tuviera uno. Viví en Caracas en los noventa y era considerada una de las ciudades más peligrosas del mundo. También las he pasado putas alguna vez en la montaña, porque hacía alpinismo. Es donde conocí el sentido de la expresión cagarse de miedo. También estuve una vez en un curso de exorcistas. Pero si lo pienso bien donde más miedo he pasado yo ha sido en Bilbao, cuando vivía allí. Tenía miedo de que me mataran.


Cuando alguien te puede querer matar sin conocerte, sin haber hecho nada, es una sensación muy desconcertante. En mi caso, porque me dieron trabajo en un periódico, El Correo, que para estos chicos de ETA era parte del bando enemigo. No se preocupen, no voy a hablar del «conflicto», quería describir cómo te funciona la cabeza cuando tienes miedo. Cuando sales de casa cada mañana y automáticamente enciendes todas las alarmas. Miras a derecha e izquierda, te aseguras de que no haya nadie extraño. Te haces especialista en mirar con el rabillo del ojo, a esas sombras que se mueven a tus espaldas. Una amiga que hacía meditación, rollos budistas y cosas así, me contaba que con la práctica llegabas a desdoblarte, a verte a ti mismo desde fuera, y que el punto exacto era detrás de ti, a la altura de nuca. Pues bien, en el País Vasco muchos lo lograban a pelo, sin meditación, que para eso algunos eran de Bilbao. Te veías siempre desde atrás. Tu nuca te llegaba a obsesionar, sentías una sensación constante, porque es donde disparaban. Tu nuca era lo que veías mientras caminabas por la calle, como con una cámara que te siguiera, y es lo último que vería tu asesino, si un día llegaba, antes de pegarte un tiro.

Se te ocurrían más cosas raras, razonabas de forma muy particular. Por ejemplo, llovía y decías: «Ah, mejor, porque el asesino no se querrá mojar, es un incordio, esperará a otro día que haga bueno, hoy puedo estar más tranquilo». Empezabas a hacer memoria para recordar si había habido atentados en días de lluvia y lo valorabas como un factor de disminución de riesgo. Pero siempre recordaré la imagen del cadáver de José Luis López de Lacalle, cubierto con una sábana, con el paraguas abierto al lado. Fue el 7 de mayo de 2000, en Andoain. Era un columnista de El Mundo. Había pasado cinco años en la cárcel con Franco y luego aún tuvo que seguir aguantando fascistas en su pueblo.

Lo peor era coger el coche. Aunque peor era a veces tener que caminar por la calle y usar los transportes públicos, mezclarse entre la gente. Eras más vulnerable, porque entre la gente podía esconderse alguno de ellos, así que el coche era el mal menor. Cada mañana tenías que llevar a cabo un ritual incomodísimo: mirar debajo del coche. Porque no es tan sencillo, te tienes que despatarrar por el suelo o hacer un ejercicio de contorsión una vez sentado al volante. Yo tampoco entiendo de coches y la parte de abajo me parecía siempre un amasijo extraño de hierrajos. ¿Cómo narices iba yo a distinguir una bomba? No, no, te decían, si la hay la ves de inmediato, canta mucho. Yo miraba y remiraba y al final me decía: «Bueno, parece que hoy no hay nada».

Estabas seguro, pero en el momento de girar la llave cada mañana siempre te quedaba un hilo de duda, por la posibilidad de haber mirado mal, de que hubieran inventado un nuevo tipo de explosivo que se veía menos, lo que fuera. Nunca estabas seguro. En ese instante te pasaba por la cabeza, pero casi como de lejos, la idea de que quizá en el siguiente instante fueras a morir, y pensabas a toda velocidad una secuencia de reflexiones fugaces de lo más inconexo, irracional y a veces simplemente estúpido: ¿Qué me voy a perder?-¿Cómo ha sido mi vida?-No me he despedido de nadie-Me gustaría volver a ver a no sé quién- En el fondo da igual todo-Joder, hoy no me viene bien que tengo que ir al médico-Qué chorradas digo-Si da igual todo-No, cojo el autobús-Es que llego tarde-A la mierda. Clic. Al segundo siguiente oías el motor y ya se te olvidaba. Volvías a pensar en tus cosas. Pero sin ningún énfasis existencial especial, era la normalidad. Un delirio. Luego leías, por ejemplo en febrero de 2002, que un chico casi de tu edad y de Bilbao había recorrido diez kilómetros con una bomba lapa pegada en su coche, sin enterarse, hasta que estalló y le dejó sin una pierna. Era Eduardo Madina, militante socialista, que hacía prácticas en una empresa y era jugador de voleibol.

Arrancar el coche, además, tenía también su responsabilidad con los que te rodeaban. No quiero ni pensar lo que debía de ser para quien llevara los niños al colegio. Yo, tras asegurarme de que no había bomba, esperaba por si acaso a que no pasara nadie, no fuera que sí que hubiera y la jodiéramos y encima matara a una pobre señora que iba a por el pan. Bueno, yo no, la matarían esos hijos de puta, pero qué me costaba a mí estar atento, etcétera. Insisto, un delirio. Cogías costumbres que luego ya no te abandonan, como dónde sentarte en un restaurante y olisquear el correo y los paquetes, a ver si olían a almendras amargas. Decían que ese era el aroma del explosivo, aunque nunca he logrado saber cómo huelen las dichosas almendras, y encima amargas. Todavía lo hago por deformación y mi mujer me mira como si estuviera loco.

Pero lo más demencial era que el mero hecho de mirar debajo del coche era en sí otro factor de riesgo. Es decir, si alguien te veía mirar debajo del coche se quedaría con la mosca detrás de la oreja: «Uy, ¿por qué mira este debajo del coche?». De inmediato comprendería lo que pasaba y pensaría que yo era algo. Algo, es decir: policía, magistrado, político, profesor, periodista, electricista, lo que fuera pero, en resumen, amenazado. Formabas parte de una subespecie o grupo social perseguido. Si te iba bien el vecino podría pensar que pobrecillo y ahí se quedaba la cosa. Pero si era alguien de los otros, y de los malos, podías darte por jodido. Se quedaría con el toque, podía comentarlo, se acabaría sabiendo en el barrio, la voz quizá llegaría a oídos de alguno de estos cabrones y a lo mejor te echaban el ojo. Es decir, se daba la diabólica paradoja de que podías no estar amenazado y de que nadie supiera quién eras, pero el solo hecho de tomar precauciones podía llegar a convertirte en sospechoso. Como andabas con cuidado —y aquí aparece una de las frases míticas de la época—, pensaban: algo habrá hecho. Tenías miedo de que te vieran tener miedo.

Para mirar debajo del coche simulabas que se te caían las llaves, pero claro, que se te cayeran todos los puñeteros días era inverosímil. Por la noche, cuando volvía del periódico o de tomarme unas copas, solía buscar sitio para aparcar en calles poco frecuentadas, para que al día siguiente fuera más fácil mirar. Pero es que en mi barrio lo de aparcar era un drama y si tenías la suerte de encontrar un sitio no podías hacerle ascos. Más de una noche he estado ahí parado con el coche, en medio de la calle y cayéndome de sueño, pensando qué hacer: ¿aparco o no aparco? A tomar por culo, y aparcabas. Al día siguiente volvías a coger el coche, pasaba mucha gente por allí y te maldecías: «Joder, tenía que haber aparcado en otro sitio». Y vuelta a empezar.

Lo que más me fastidiaba, de todos modos, era que el trabajo, donde te pasabas horas, se había llegado a convertir en el lugar más confortable, porque era seguro, había controles, vigilantes, cámaras, te sentías a salvo. Como en casa. Lo malo era ir de uno a otro sitio, los desplazamientos, de casa al trabajo y del trabajo a casa. Era como correr de refugio en refugio.

Cuento todo esto pero en realidad entonces hablaba poco de ello, lo tenías interiorizado, asumido, estas preocupaciones no se compartían mucho. Hablabas de vez en cuando con los colegas, pero lo evitabas para no aumentar las preocupaciones. Y no se confundan, yo era el último mono, con un riesgo muy marginal. Y en una ciudad grande, en un pueblo pequeño lo llevabas claro. Y tenía veintipico años, era más alocado, era soltero. Me comería el coco una millonésima parte de lo que lo hacía alguien con familia, con niños, con nietos, un policía, la mujer de un guardia civil, un magistrado, un militante del PP o del PSOE o alguien que hubiera aparecido en las listas. Aparecer en las listas. Era otra expresión de esos años: «Fulanito ha aparecido en las listas», te decían con gravedad, como si le hubieran diagnosticado un cáncer. Ocurría cuando desmantelaban un comando o detenían a un etarra con papeles encima con listas de objetivos. A veces eran simples enumeraciones de nombres, pero allí podías estar tú, sin saber por qué. A veces sacaban los funcionarios mecánicamente de los nombramientos del BOE. Que yo sepa yo no aparecí en ninguna lista, aunque me citaron en algún libro como responsable de la «criminalización de la juventud vasca» por un artículo que hice, siendo becario, sobre la kale borroka. Sí aparecieron en las listas compañeros míos. Sí mataron e intentaron matar a compañeros míos. Todos mis directores han ido siempre con escolta y con amenazas muy serias de atentado. Ser director de un periódico a mí ya me parece una locura. Con escolta, no quiero ni pensarlo.

Quien iba con escolta era una especie de apestado. Si te cruzabas con uno por la calle notabas cómo la gente se apartaba disimuladamente, no sea que le cayera a él un tiro. Acercarse a estas personas era como ponerse a tiro, físicamente, entrar en una zona de riesgo. Si comías con alguien amenazado, con la escolta apostada en la puerta del restaurante, no podías dejar de pensar, con un egoísmo instintivo, que si pasaba algo a ti te pillaría en medio. Luego te alejabas de ese campo magnético infernal con un alivio culpable, sintiéndote un cobarde, y dejabas ahí solo al ser humano que vivía dentro, siempre así, cada día. Profundamente solo, pero sin poder estar solo ni un minuto. Una pesadilla. No solo eso, es que encima se les miraba mal. Yo he visto cómo se dejaba de invitar a un familiar con escolta a un bautizo porque parte de los parientes, abertzales, no quería esa gente con pistola por allí, estropeando la fiesta. El propio escolta, de por sí anónimo, era otro ser despersonalizado en la imaginación colectiva. Y también morían, como en Vitoria, el 22 de febrero de 2000, con la bomba que mató a Fernando Buesa y su escolta, el ertzaina Jorge Díez.

Años después, en junio de 2008, pusieron una bomba en la rotativa de mi periódico. Esta fue la reacción de solidaridad del lehendakari, Juan José Ibarretxe, del PNV: «Los medios de comunicación no siempre aciertan a presentar sus respectivos relatos informativos. Pero sean cuales sean las valoraciones que todos tengamos sobre la veracidad con que se presentan las noticias, los que creemos en la democracia estaremos siempre radicalmente en contra de quienes utilizan la violencia». Con amigos como estos quién quiere enemigos. Pero este tipo de estupideces entonces salían gratis, y hablamos de 2008, antes de ayer. El PNV también ordenó a sus afiliados, por carta, ahí está escrito, que no compraran mi periódico, El Correo, ni insertaran publicidad, porque éramos el enemigo. Era septiembre de 1996, yo acababa de llegar a Bilbao y creía haber aterrizado en Corea del Norte. Son cosas que hoy parecen inconcebibles. Lo malo es que entonces ya lo eran, pero no recuerdo especiales muestras de solidaridad. Mucha gente sensata del PNV luego, obviamente, hacía lo que le daba la gana y te contaba su contrariedad, pero en privado. Entrabas en un despacho oficial y tenían el diario escondido en el cartapacio de la mesa. Pero luego había orden en todas las instituciones de colgarte el teléfono, incluidas las oficinas de prensa. Fueron, en la jerga de entonces de la redacción, los meses del boicot. Pero lo cierto es que subieron las ventas, se les pasó la tontería y aquí no ha pasado nada.

Fue justo en esa época, meses después, en julio de 1997, cuando llegó uno de los momentos de mayor angustia con el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, de veintinueve años, concejal del PP en Ermua. Significaba que podían matar a cualquiera con un mínimo de valor simbólico. A eso quedabas reducido, a una especie de logotipo con piernas. Bastaba tener relación, por débil que fuera, con alguna de las manías de los etarras. Miguel Ángel Blanco, otro chico más o menos de mi edad, era un chaval que se había metido a concejal en un pueblo. Tocaba la batería en un grupo. Le secuestraron cuando bajaba del tren para ir a trabajar. Nosotros pensábamos lo mismo: si quieren matar a un periodista, para lanzar un mensaje —quedabas cosificado como papel de avisos—, a lo mejor no van contra uno de los jefes, que llevan escolta y son más difíciles. No, vendrán a por uno de nosotros. Esta era otra constatación esencial: iban a lo fácil. Si te vigilaban y veían que lo tuyo presentaba alguna dificultad, porque a lo mejor tomabas precauciones, pasaban a otro. Cuántas veces he imaginado yo a mis hipotéticos perseguidores para intentar meterme en su cabeza y prevenir tácticamente sus movimientos. Otro delirio: ¿si yo me quisiera matar a mí mismo, cómo lo haría? Pensabas dónde podía ser más fácil, a qué hora del día, de qué manera. Era un juego diabólico. A veces incluso pasabas el rato, sin darte cuenta, planeando tu propio atentado.

Era una atmósfera de terror sutil y cotidiano muy difícil de explicar, que a mí me parece un material dramático de primer orden y, sin embargo, he visto utilizar poquísimo en España en películas o libros. Habrá algunos casos que no conozco y hay excepciones, como los magníficos cuentos de Fernando Aramburu, pero creo que aún no se ha contado bien. Y se debe contar bien, porque si no es como si no hubiera pasado. El humor ha estado bien, los ocho apellidos vascos y demás, para aliviar la tensión acumulada, pero hay que ir más allá, porque no solo era ridículo, por encima de todo era trágico. Aún hoy, cuando voy al País Vasco, me asombra cómo se la cogen algunos con papel de fumar para hablar de los años del terror, el uso políticamente correcto de una semántica rebuscadísima para no ofender a unos pero tampoco a otros, las presuntas dificultades retóricas para contar lo que ha ocurrido, cuando todo está bastante claro.

El País Vasco era un régimen perfectamente mafioso, y sé de lo que hablo porque vivo en Italia y sé un poco de la Mafia. Todo el mundo tendía al anonimato, a la neutralidad, a no destacar, a que se supiera lo menos posible de ti, de lo que pensabas. Para señalarse, bastaba eso, decir lo que pensabas. Así que la gente procuraba no pensar demasiado. Suicidarse era fácil: bastaba hablar en voz alta contra ETA, en el bar y no digamos ya en la tele. Pero casi todos hablaban en voz baja, o no hablaban. Por eso había poquísimos famosos vascos que hablaran del tema. En eso no tenían opinión. Reinaba un gran silencio. Hoy puede chocar, y no estoy tan seguro, y espero que algún día lo haga, pero se miraba para otro lado mientras mataban gente en la calle todos los días. Qué sé yo, los jugadores del Athletic de Bilbao o de la Real Sociedad, ídolos de los niños, con su prestigio social para las obras benéficas y la defensa de los valores, condenaban la violencia en el fútbol, pero lo otro no, era política. Les comprendo, si uno hubiera abierto la boca le habrían hecho la vida imposible. Era mejor no meterse en líos. O pagar en silencio el impuesto revolucionario, para que no te quemaran el negocio.

El año pasado en Bilbao, en la presentación de mi libro sobre la Mafia, me preguntaron exactamente eso: que si no he pasado miedo con eso de hablar de la Mafia. Contesté esto que he dicho ahora, que en realidad yo había pasado más miedo cuando vivía en Bilbao. Se produjo ese silencio de «uyuyuy lo que ha dicho». Todavía hoy, era 2014. Y al salir una señora, una conocida, va y me dice con retintín que no sabía que yo había pasado tanto miedo cuando vivía en Bilbao. No te jode, pensé, es que algunos no os enterabais de nada. O no se querían enterar. Quien tenía una profesión segura, militaba en un partido seguro, tenía opiniones seguras, vivía muy ajeno a estas paranoias. Son ya célebres las palabras de Ibarretxe ante la cama de un hombre que se había salvado de milagro de un tiro a bocajarro en la cara: «Hombre, que en el País Vasco se vive muy bien». Se lo decía, para quitarle hierro al asunto, al hijo del herido, que vivía fuera y se quejaba de la situación. Era septiembre de 2000. El hombre que yacía a dos metros con el rostro destrozado era José Ramón Recalde, profesor universitario, que con Franco pasó un año en la cárcel y fue torturado. Luego, en democracia, también le tocó seguir soportando fachas.

Realmente a muchos en el País Vasco, viviendo tan bien, ni se les pasaba por la cabeza que les pudiera tocar a ellos, porque tenían una especie de inmunidad. Solo se arriesgaban con la lotería de que te pillara un bombazo pasando por allí, pero paciencia, las probabilidades eran bajas, y de todos modos sería una trágica fatalidad. Habría sido sin querer. De ahí el desconcierto de algunos cuando en agosto de 2000 ETA asesinó a Jose María Korta, presidente de la patronal guipuzcoana y de ideología abertzale. «ETA ha matado a uno de los nuestros», dijo entre lágrimas de rabia el diputado general de Guipúzcoa, Román Sudupe, del PNV. Pasaba el tiempo y cada vez la línea roja de seguridad era más pequeña. Quedaba más gente fuera que dentro. En enero de 2001 mataron, por ejemplo, a un cocinero, Ramón Díaz. Cocinaba en la comandancia de Marina de San Sebastián.

Que te odiara gente que ni te conocía a mí se me hacía rarísimo. No tenía ningún sentido. A mí lo abstracto es que me da dolores de cabeza: te veían desprovisto de humanidad, como un símbolo o una categoría a eliminar. En ese sentido era una especie de genocidio, pero muy curioso, porque era contra su propia raza y su propio pueblo. Los documentos y comunicados de ETA son una cosa de tratado de psiquiatría. Doctrinas majaras como la de «socializar el sufrimiento». Por lo visto, idealmente, cuando mataran a todos, como Pol Pot, con los cuatro que quedaran aquello iba a ser el puto paraíso en la tierra. Si en Euskadi ya vivíamos bien no quiero ni imaginar lo que iba a ser para entonces, un musical de Broadway con boinas y camisas de cuadros de leñador.

¿Por qué? No había una respuesta comprensible. Y con las que te daban ellos te meabas de risa. La represión. Uf, vivían reprimidísimos ellos. Los que les jaleaban podían pasear felices por la calle, estaban tranquilos. En cuanto a los que no se querían enterar, también ellos te desprendían de tu humanidad por no ponerse en el lugar de su vecino. No era su problema. Por eso sigo pensando que la sociedad vasca, con toda su salud económica y su bienestar, es una sociedad muy enferma. Lo primero es reconocerlo, como en alcohólicos anónimos. Muchos no veían la carne que sufre, solo construcciones mentales.

A veces recuerdo esos adolescentes que en vez de pensar en sexo, como cualquiera de su edad, andaban maquinando conspiraciones y como momento culminante de su vida tienen una noche en que quemaron un autobús con cócteles molotov durante las fiestas patronales de su pueblo. Qué emoción, se sentían como Robin Hood y juraría que hasta veían por ahí al sheriff de Nottingham. Y luego, hala, a chuparse cinco, seis años de cárcel, el corazón de su juventud. Y toda esa gente pudriéndose entre rejas por una especie de alucinación colectiva. No sé qué pensarán ahora de su vida y de cómo la cagaron. Desde luego no lo dicen.

Sobre el desinterés, debo decir que yo, en principio, me sentía muy ajeno a toda esta movida. Mi familia es vasca, pero llegué a Bilbao de fuera y ser de un sitio o de otro, presumir del cocido de tu pueblo, el patriotismo y las banderas, me traen absolutamente sin cuidado. Así que figúrense una bandera que se inventó un señor a finales del siglo XIX con un dibujo de cruces en un folio. Tampoco quise hacer la mili ni la prestación social sustitutoria. Me fastidia que me obliguen a hacer cosas, por principio. Bueno, me emociono en Casablanca en la escena de «La Marsellesa» ante los nazis. Pero es que ante un nazi, como con ETA, uno sí toma partido, como Rick. Si te obligan, por llevar la contraria, te pones del lado del perseguido. Y por favor, repito, que no me vengan con la represión. Sí, sí, no se preocupen, añado a todo correr que me parecen muy mal las torturas, por supuesto el GAL y, faltaría más, el franquismo. Pues claro, como a cualquier persona normal.

Hay problemas reales y problemas imaginarios. Bastante tenemos con los reales como para marearnos con los imaginarios. Si encima te marea otro con los suyos, peor. A mí me da igual la independencia de Euskadi, tengo otras cosas en qué pensar, pero si a alguien le entusiasma, por mí estupendo, como si se la machaca. Estos no solo se la machacaban, todo el día con su paranoia, sino que encima te volvían loco a ti y si te iba mal hasta te pegaban un tiro. Etarras, majos, no solo es que fuerais unos paletos y niñatos asesinos, es que fuisteis un auténtico coñazo. Ese sí, soberano.

lunes, 25 de enero de 2016

Asesinato (14) El asesinato de Enrique Ruano

Hoy visitamos el siempre recomendable blog de la Boca d'Or, referencia obligada para entender mejor nuestra historia y, en especial, la de la Transición, ese periodo tantas veces invocado pero del que se conoce tan poco de sus miserias, al menos respecto a la feroz represión que las fuerzas de seguridad del Estado ejercieron antes y después de la muerte del dictador sobre las distintas disidencias políticas de nuestro país. Así pues, republicamos su última entrada, sobre el asesinato por la policía del estudiante universitario Enrique Ruano, a comienzos de 1969. Franco ya flaqueaba pero ahí estaba su matarife Fraga para ocuparse de las cosas del matar y el fundador del PP demostraba que ninguna clase social estaba a salvo de la brutalidad del régimen. Tiempos grises, tiempos oscuros, en una España anhelante de libertad. 

La noche del 17 de enero de 1969 la policía entra en un bar y detiene a cuatro estudiantes de Derecho de la Complutense: Enrique Ruano, su novia, Lola González Ruiz, Abilio Villena y José Bailo. Los han visto lanzando octavillas por la calle. Militan en el Frente Popular de Liberación, el Felipe, formación que buscaba conciliar marxismo y catolicismo mientras se oponía al franquismo. Los llevan a los sótanos de Puerta del Sol. A interrogarlos. La Inquisición interrogaba a brujas y herejes, por aclarar un poco el concepto.

A Enrique Ruano, 21 años, a punto de hacer el servicio militar, hijo de buena familia, maravilloso alumno en palabras de uno de sus profesores, Gregorio Peces Barba, lo tienen tres días sin dormir. A hostias. Al tercer día lo sacan a la calle, acompañado por tres policías de la Brigada Político Social: Francisco Colino, Celso Galván y Jesús Simón. Lo llevan al número 60 de General Mola, hoy Príncipe de Vergara, a registrar un piso en busca de pruebas incriminatorias.

El piso es un séptimo. Entran. Se oyen gritos, un disparo, y el cuerpo de Enrique Ruano cae al vacío por un patio interior. La policía llama a casa de sus padres, que su hijo se ha suicidado. Esa será la versión oficial. Un forcejeo, una loca carrera y un salto suicida desde el séptimo. No se les dejará ver el cadáver, la autopsia se hace de tapadillo y con muchas zonas oscuras. Ni siquiera se deja a la familia publicar una esquela.


El día 22 el hilo telefónico que conecta los despachos de Manuel Fraga Iribarne, ministro de Información; Manuel Jiménez Quílez, director general de Prensa y Torcuato Luca de Tena, director de ABC; da como resultado una editorial, sin firma, vergonzosa, aludiendo a un Enrique Ruano con problemas mentales, tendencias suicidas y manipulado por los comunistas, los verdaderos autores de su muerte: 'resulta infinitamente despreciable y perverso por parte de quienes le arrastraron fuera de la ley haber utilizado para la acción subversiva a un pobre muchacho tocado de una clara y típica psicopatía'.

ABC va ese día sobrado de oprobio y no contentos con poner en boca de Ruano la frase 'el infierno son los otros' se hacen con parte de la correspondencia privada entre Enrique Ruano y su psiquiatra, Carlos Castilla del Pino, la trocean, recomponen a placer y la convierten en un presunto diario personal que anuncia el suicidio. Pasado el tiempo publicarían nota reconociendo que igual se habían pasado tres pueblos con tanta creatividad.

El asesinato de Enrique Ruano provoca marejada en los ambientes universitarios y estallan huelgas y movilizaciones, por otros motivos, en todo el Estado. El 24 de enero se decreta el estado de excepción, el octavo de la dictadura y el primero de ámbito nacional, 'para luchar contra las acciones minoritarias sistemáticamente dirigidas a alterar la paz española y evitar que se arrastre a la juventud a una orgía de nihilismo y anarquía'. Hay cientos de detenciones que llevan a torturas, encarcelamientos y deportaciones al Sáhara. A un joven Joaquín Sabina lo detiene su propio padre, comisario de policía.

La familia de Enrique Ruano, de intachable moral, forman parte de los vencedores, intenta mover papeles para limpiar la memoria de su hijo de toda la mierda que les están tirando. Fraga en persona llama al padre de Enrique, que deje de tocar los cojones, que a ver si también va a tener problemas de salud su hija Margot, que anda en política como hacía su hermano.

No habrá investigación alguna. La familia no se rendirá y logra que el caso de reabra en 1994 para prosperar en 1996 llevando a los tres policías que acompañaban a Enrique al banquillo de acusados. Los tres agentes, que por cierto fueron felicitados públicamente en febrero del 69 por su trabajo en la custodia del detenido suicida, habían progresado adecuadamente ascendiendo en la escala sin mayores problemas, llegando al juicio como comisarios. El abogado José María Mohedano, compañero de clase de Enrique, llevó el caso que acabó con la exculpación de los acusados por falta de pruebas. Que habían desaparecido, vaya.

La autopsia realizada tras su muerte desvelaba una herida circular en la clavícula, atribuida a un clavo de vete a saber dónde, provocada en todo caso por un objeto cónico de metal. Parecido a una bala, vamos. Cuando exhumaron el cuerpo de Enrique para un nuevo examen descubrieron, sorpresa, que alguien le había serrado la clavícula y ya no había rastros que examinar. Carlos Castilla del Pino, que lo atendía como gran amigo de la familia, siempre desmintió las tendencias suicidas de Enrique.

Coda triste en un país con mucha sinfonía macabra. La novia de Enrique Ruano, Lola González Ruiz, acabó la carrera de Derecho y pudo ejercer de abogada. Era una de las personas que estaba en el despacho de abogados laboralistas de la calle Atocha el 24 de enero de 1977. Los pistoleros fascistas la dejaron gravemente herida y mataron a su marido, Javier Sauquillo. Lola González moría víctima del cáncer, a los 68 años de edad, el 27 de enero de 2015. Jodida escarcha de enero.

domingo, 16 de agosto de 2015

Dolor (7) El dolor de la tortuga

Impactante video que muestra el dolor extremo que siente una tortuga olivácea recogida por los biólogos Nathan Robinson y Christine Figgener localizada en aguas de Costa Rica, en el proceso la que se le ha incrustado un objeto plástico en uno de sus orificios nasales, complicando gravemente su respiración y su vida. Los dos científicos, con ayuda de miembros locales de su equipo de preservación marina, tratan de extraer el objeto con unos alicates, y sólo entonces se dan cuenta de lo largo que es y lo profundamente que está incrustado en el interior de su cabeza. El dolor que sufre el desdichado animal es bien visible y más allá de la sangre que obviamente acaba por brotar, podemos imaginar su terrible sufrimiento desde el funesto día que se encontró con este dañino fragmento de civilización humana. 

Un objeto absurdo entre los miles de millones de toneladas de basuras y residuos de todo tipo que son vertidos diariamente en ríos y mares directamente desde nuestros pueblos y ciudades que son arrastrados por mareas y corrientes, que van agrupándose en crecientes islas de objetos artificiales semejantes a las formaciones de algas de los que se alimentan o encuentran cobijo muchas especies marinas, y pasan a formar parte de los colosales vórtices de basura y residuos que existen en los grandes océanos de la Tierra, minicontinentes con toda clase de contaminantes que se van fragmentando cada vez más y disolviéndose lentamente el agua, emitiendo sustancias químicas venenosas, afectando cada vez a más especies que los consumen por error según se van disgregando y convirtiendo en trillones de tóxicos fragmentitos artificiales de tamaño microscópico, del tamaño del plancton que sustenta la vida en los océanos, que comprometen a toda la cadena trófica de los distintos ecosistemas marinos de los océanos de todo el planeta.

Observar los ocho minutos que dura la extracción del objeto puede resultar angustioso también para nosotros al empatizar con ese ser desdichado, pero también nos hará ser conscientes del letal impacto que provocan nuestros irresponsables actos de consumo. Como dice el propio Nathan Robinson: "Hay una solución y está en nuestras propias decisiones. Por favor, decid no a todos los productos de plástico de un solo uso. Cada pajita de plástico, cada bolsa de plástico, o cada botella de plástico que termina en los océanos podría significar la diferencia entre la vida o la muerte para un alto número de animales marinos". Amén a ello. Desde este blog agradecemos sinceramente el loable gesto de los rescatadores y deseamos pronta recuperación, suerte y larga vida a este valiente quelónido cuyo sufrimiento silente nos ha resonado tan dentro. 

miércoles, 18 de marzo de 2015

Miedo (6) Netanyahu y el miedo, reyes en Israel

Tras la victoria por cuarta vez del Likud de Benjamin Netanyahu este se apoyará en la extrema derecha nacionalista y los ultraortodoxos para seguir gobernando, por cuarta vez, los designios del país hebreo. De un Netanyahu que se ha presentado como la única alternativa al caos geopolítico regional y envalentonado por estos resultados no se espera nada bueno, sino probablemente que añada más tensiones con Irán y más calamidades, sufrimiento y robo de tierras para los palestinos, más conflictos en una zona sobrada de ellos. Más miedo en un país que ha hecho del temor la piedra angular de su psique nacional. Lluís Bassets nos habla de ello. 



El miedo es rey en Israel






No es invento o ficción. Este es un Estado en guerra desde su creación. Hay pocos países que se sientan permanentemente amenazados. Desde fuera, por un entorno hostil que ni siquiera le reconoce, y desde dentro, por las reivindicaciones perfectamente justificadas y fundamentadas en el derecho internacional de la población palestina expulsada y desposeída. Estas amenazas suelen tintarse con las sombras oscuras que todavía remiten a las nubes de cenizas escupidas por los crematorios nazis. No caben relativismos con ellas, son existenciales. Es una experiencia muy propia, que se observa con escepticismo e incluso incredulidad desde fuera, pero dentro se transmite de generación en generación desde los tiempos del exterminio.

Israel es una pesadilla para sus enemigos y un milagro para sus ciudadanos y sus amigos. Surgió del antifascismo de la posguerra mundial, se asentó en la Guerra Fría, cruzó por el interregno unipolar con los acuerdos de Oslo como precio y entra de lleno ahora en la descomposición del orden geopolítico mundial, sin el más mínimo avance en la creación del Estado palestino con el que debía convivir en paz y seguridad, ni tampoco la recompensa del reconocimiento por parte de los países árabes vecinos.

El miedo guarda la viña. Y llega a convertir a quien lo sufre en indestructible. Si en las primeras guerras pudieron existir dudas sobre el desenlace, en las últimas la única duda es sobre los daños políticos y morales, victorias militares que se leen como derrotas estratégicas. Su superioridad militar es apabullante y sobradamente demostrada. Pobre de quien se cruce en su camino. El miedo en el actual caos geopolítico es casi un fruto espontáneo. Hamas en Gaza. Hezbolá en Líbano. Al Qaeda en el Sinaí. El Estado Islámico y el Frente al Nusra en Siria. Y naturalmente, los ayatolás en Teherán con el propósito de convertir Irán en un país nuclearmente moderno, en el umbral de obtener el arma atómica si en algún momento conviniera.

Razones para el miedo no faltan en el orden dislocado que surgió de Oriente Próximo tras la primavera árabe, cuya promesa democrática se trocó en el retorno de la dictadura militar o alternativamente el caos terrorista del califato. Nada más evidente y sensato que la inmovilidad. A ello se ha dedicado Benjamín Netanyahu durante sus nueve años como primer ministro. Moverse solo para comprar tiempo y seguir robando territorio a los palestinos, sin ceder nunca en nada. Atizar el miedo sin descanso, hasta el mismo día de las elecciones.

Contra el acuerdo nuclear con Irán. Contra el Estado palestino y la congelación de las colonias, para evitar que el Estado Islámico se asiente en casa. Contra el voto de los árabes israelíes incluso. Contra el Gobierno de concentración nacional con quienes quieren sentarse de nuevo a negociar con los palestinos. Así es como ha ganado a todos, a sus propios socios de Gobierno más extremistas, a los que ha robado votos y escaños, y al sionismo de izquierdas que quería arrebatarle la corona.

El miedo ha ganado las elecciones. En Israel el miedo es rey y quien ocupa su trono se llama Netanyahu.

lunes, 23 de febrero de 2015

Animales (45) Animales esclavos 5 La realidad de los circos de animales en una imagen desoladora


Captada por el fotógrafo chino Yongzhi Chu, esta fotografía tomada en un circo en la provincia china de Suzhou ha sido elegida primer premio en el World Press Photo en la categoría individual de Naturaleza. Ese sub-humano acercándose con un látigo ante la mirada aterrada de un desdichado macaco... No hay mucho más que decir que ¡¡¡NO A LOS PUTOS CIRCOS CON ANIMALES!!! ¡¡¡NO A LA EXPLOTACIÓN ANIMAL!!!

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martes, 23 de septiembre de 2014

Asesinato (11) 'Into the abyss', de Werner Herzog



"En el caso de Into the Abyss siempre estuvo claro que el epicentro de las cosas era el crimen, un crimen que está más allá de mi comprensión. Me pareció muy aterrador, ya que era tan extraordinariamente absurdo, totalmente nihilista. Es por eso que me intrigó, quería saber qué había detrás de él: ¿Quiénes son los autores? ¿Quiénes son los supervivientes? ¿Quiénes son los detectives de los homicidios? ¿Qué aspecto tenía la la escena del crimen?" Werner Herzog

"(...) paisajes de pobreza y desolación americanas tomados desde la ventanilla de un coche en marcha: gasolineras en ruinas, anuncios de iglesias apocalípticas junto a las carreteras, las redes de alambre espinoso de una prisión, viviendas en caravanas viejas rodeadas de basuras." Antonio Muñoz Molina

Hoy publicamos 'Into the abyss', un trabajo del documentalista y cineasta alemán Werner Herzog que reflexiona sobre la pena de muerte y la violencia en la sociedad estadounidense a través del caso de dos asesinos convictos, dos jóvenes blancos de clase baja, la llamada 'white trash'. En octubre de 2001 en una deprimida zona rural de Texas Michael Perry y Jason Burkett, tras una noche de drogas y alcohol, entraron en una zona residencial de clase alta y mataron a tres personas para robar un coche que guardaban en su casa, un Chevrolet Camaro rojo. Tras el asesinato, Perry y Burkett condujeron durante tres días con el coche de un lado a otro, en una alocada huida que terminó en un tiroteo con la policía, su detención y su posterior encarcelamiento y juicio. Perry fue condenado a la pena de muerte y Burkett a cadena perpetua, aunque ellos siempre mantuvieron su inocencia a pesar de las pruebas en su contra. 

Herzog accede a las grabaciones del lugar de los crímenes y en sus entrevistas a los relacionados con el caso (los dos asesinos, sus familiares, los familiares de los muertos, el reverendo que va a escuchar a Perry antes de su ejecución, amigos, conocidos...) muestra los trastornos psicológicos evidentes en los múltiples damnificados por el mismo, retratando una sociedad perturbada por la miseria y la ignorancia, por la violencia explícita que permite el fácil acceso a toda clase de armas y la frustración de quienes quedan en los márgenes del sueño americano. Herzog, como europeo, intenta diseccionar esa cultura de muerte que es la de la pena capital, escrutándola desde todos los ángulos posibles. Los detalles de los crímenes ocurridos y el inminente asesinato a sangre fría institucionalmente ejecutado se añaden a la narración para dotarla de un dolor y una oscuridad que escalofrían e impregnan el ánimo de quien lo ve, hasta tiempo después de haberlo acabado.



Lecciones de abismo


Este hombre joven, Michael Perry, que parece todavía más joven de lo que es y que tiene un flequillo tieso sobre la frente y mira con la intensidad impúdica de un niño, será ejecutado exactamente dentro de diez días. Las dos paletas prominentes exageran su sonrisa y su risa fácil y le dan un aire de caricatura de dibujos animados. Su palidez malsana es la de quien desde hace mucho tiempo no conoce otra luz que los neones punitivos de una galería de condenados a muerte. Tiene veintiocho años, pero podría tener quince o dieciséis, dieciocho como máximo: como si se hubiera quedado en la edad que tenía cuando una noche de pastillas y alcohol fue con un cómplice a robar un coche deportivo rojo que a los dos les gustaba mucho en el garaje de una casa en una zona residencial de Tejas y acabó asesinando a tres personas: la dueña de la casa y del coche, su hijo de dieciséis años, un amigo de su hijo. Al cabo de menos de tres días de ir atolondradamente de un lado a otro en el reluciente coche rojo, y después de un tiroteo y de una huida insensata sobre el asfalto de una zona de descanso para camiones de gran tonelaje, Perry y su cómplice, Jason Burkett, fueron detenidos. En ningún momento hubo dudas sobre la culpabilidad de ninguno de los dos. Perry fue condenado a muerte. Burkett a cadena perpetua.

Perry es menudo, móvil, con una agitación de ardilla, más visible en el espacio hermético del locutorio donde responde a una entrevista, a través de una pantalla de plexiglás. Viste un mono de prisionero blanco y las paredes y los barrotes y la puerta con rejilla metálica del locutorio están pintadas de un blanco sucio de mugre y desconchones. Burkett es alto, serio, con una cabeza imponente, con ojos claros y lentos. Empezó a cumplir su condena con 19 años. Cuando recapacita que en el mejor de los casos podrá solicitar la libertad condicional dentro de cuarenta le cuesta hacer el cálculo de la edad que tendrá entonces. Cincuenta y nueve años, dice con incredulidad, mirando al vacío, abrumado por el peso de una duración inconcebible.


El interlocutor al que se dirigen permanece invisible para nosotros, aunque escuchamos su voz, que se expresa en un inglés muy correcto con acento alemán. Es la voz de Werner Herzog, que yo escuché en este mismo cine hace siete u ocho meses, en otro documental sobre las pinturas de la cueva de Chauvet, Cave of forgotten dreams. En él las linternas encendidas novelescamente sobre los cascos de espeleólogos alumbraban una oscuridad que se había mantenido intacta durante treinta mil años. El documental sobre Michael Perry y Jason Burkett y el torbellino de sangre que los dos desataron para robar un coche rojo se titula Into the abyss, y la negrura que explora es mucho más difícil de traspasar que la de una gruta prehistórica. La austeridad visual es máxima: una galería de personas que hablan mirando a la cámara o apartando los ojos de ella para romper en llanto o para quedarse ensimismadas; filmaciones de la policía tomadas en los lugares de los crímenes o en el lago en mitad de un bosque donde los asesinos arrojaron los cadáveres; paisajes de pobreza y desolación americanas tomados desde la ventanilla de un coche en marcha: gasolineras en ruinas, anuncios de iglesias apocalípticas junto a las carreteras, las redes de alambre espinoso de una prisión, viviendas en caravanas viejas rodeadas de basuras.

Herzog mira y escucha. Hace preguntas cortas y educadas. El impacto del crimen provoca ondulaciones concéntricas de sufrimiento que nunca se extinguen, ni siquiera cuando uno de los asesinos ha sido ejecutado. La hija y hermana de dos de las víctimas pone sus fotos encima de la mesa para hablar de ellas, y los muertos, al cabo de solo diez años, ya tienen un aire tristísimo de anacronismo, en la melena teñida de la madre, en su sonrisa contra un fondo azul eléctrico; también en el corte de pelo del adolescente que se quedó congelado para siempre en una moda ya obsoleta. Pero para esta mujer que pone delante de la cámara las fotografías de los suyos el tiempo tampoco parece que haya pasado. Aún se niega a tener un teléfono en casa. No quiere que haya un teléfono para que así no exista la posibilidad de otra llamada que corte en seco la vida para anunciar una desgracia.

Los objetos resisten al tiempo con igual contumacia que los recuerdos. El detective que investigó los crímenes y detuvo a Perry y a Burkett señala en un depósito de la policía el Camaro rojo que lleva diez años aparcado allí, entre otros coches relacionados con delitos, coches viejos y estropeados por la intemperie, con cristales o faros rotos, con abollones, con agujeros de balas que se han ido oxidando. El coche rojo ya es una ruina. Lo tuvieron que cambiar de sitio porque un árbol que había echado raíz en una grieta del asfalto estaba creciendo en su interior, entre el desorden de las esquirlas de vidrio y los restos de botellas y recipientes de comida basura que nadie retiró después del tiroteo.

Nadie puede inventar estas cosas. Hay zonas de experiencia en las que la ficción no sabe o no puede aventurarse. No hay película de terror que dé más miedo que esas imágenes rodadas por la policía en el lugar del crimen con una tosquedad de vídeo doméstico, mal iluminado, con movimientos bruscos de cámara: en un salón de distinguido mal gusto todas las lámparas están encendidas y los anuncios y las imágenes de una película se suceden delante de un sofá en el que no hay nadie; el movimiento torpe de la cámara capta la sangre que salpica el dintel de una puerta, la pared, las molduras del techo, como cuando estalla una cafetera o una olla a presión mal cerrada; sobre el mostrador de mármol de una cocina hay una bandeja con pegotes de masa de galletas que alguien estaba a punto de poner en el horno cuando sonó el timbre de la puerta; junto a la bandeja está abierto un libro de recetas; en el suelo de cemento del garaje hay una zapatilla deportiva y un rastro de sangre; junto a cada pista la policía ha puesto pequeñas etiquetas numeradas.

La sala de las ejecuciones por inyección letal es un cuarto de dimensiones mezquinas con las paredes pintadas de verde eléctrico. La camilla sobre la que se tiende al reo tiene dos extensiones laterales para poner los brazos. Atado por varias filas de correas el condenado extiende los brazos como en una crucifixión horizontal. La cortina verde se descorre y los testigos pueden ver la ejecución tan de cerca como si se celebrara en una salita familiar. El formulario en el que se certifica la muerte es una fotocopia de baja calidad. Cuando Michael Perry estaba a punto de perder el conocimiento la hija y hermana de dos de sus víctimas lo miraba a los ojos a través del cristal y vio que por la mejilla se le deslizaba una sola lágrima.