martes, 2 de febrero de 2010

Extinción (3) Las tiendas desaparecidas

Llevábamos tiempo queriendo hablar de la crisis del pequeño comercio en España. La ciudad natal de este redactor del Juez RB, Segovia, aunque no la tengo muy controlada últimamente, cuando paseo por sus calles veo muchos antiguos negocios cerrados hace años, pescaderías, tiendas de moda (buff, la moda segoviana...), peluquerías, carnicerías, mercerías etc, aunque, claro, hayan nacido otros.

Negocios producto de la nuevas modas de consumo como franquicias de grandes marcas de moda y otros que hace años parecían sorprendentes en esta ciudad de comida tradicional castellana, como kebabs, restaurantes de costillas americanos u otra
fast food, lo cual suponemos está bien ya que al menos otorga variedad a la tradicional oferta gastronómica local.


Sin embargo y sobre todo desde que se construyó un centro comercial en las afueras de la ciudad, el negocio minorista y autónomo hace tiempo que está en declive, en una ciudad sin tejido industrial, sector servicios a saco, enclave tradicional de tenderos, militares y curas.

Desde entonces Segovia deriva hacia el modelo norteamericano que ya se está imponiendo en otras ciudades y que tiene el mall, el centro comercial, como lugar de peregrinación finisemanal de abastecimiento y ocio en el que echar la tarde y que devora el negocio del comercio minorista. Como ejemplo palmario de este nuevo modelo de ciudad que se impone también en Segovia, hace unos años que ya no existe ningún cine en el centro urbano, hay que irse al centro comercial para darse el placer del séptimo arte.


En Malasaña abundan los locales cerrados. Se abren bastantes negocios precarios (algunos un poco absurdos) que duran apenas unos meses. Los comercios con solera de muchos años se adaptan mal a los cambios y tendencias de la sociedad y languidecen obsoletos, con sus dueños mirando la calle desde la puerta de sus negocios con las manos cruzadas detrás de la espalda. Según estos ven sus ventas reducidas a la mínima expresión, se van cansando o llegando a la ansiada jubilación intentan traspasar sus ya decadentes negocios para intentar sacar algo más de provecho de toda una vida dedicada a ellos, lo que pocos consiguen. Ley de vida, suponemos.

Sin embargo, últimamente en el barrio han abierto algunos lugares interesantes, (algunos bares y restaurantes pequeños que molan, un par de panaderías con buen pan, un japo con unos makis estupendos...) llevados por gente joven, puestos con gusto y modernitos, que parecen ir bien, de lo cuál nos alegramos. Esperemos sean las señales de una lenta aunque firme recuperación del barrio, de la agreste ciudad de Madrid y por extensión España, aunque nos tememos tardará en llegar.

Les dejamos con el artículo de El País La tienda y la amabilidad echan el cierre, con el documental (subido por Bizzentte) Se traspasa, que profundiza en los pequeños dramas que suponen la decadencia y caída de los sueños de muchas personas y con el artículo de Arturo Pérez Reverte Las tiendas desaparecidas, en el que el cartagenero disecciona con contundencia algunas causas y algunos culpables de este y otros lamentables cambios en nuestra sociedad. Con ellos les dejamos.

La tienda y la amabilidad echan el cierre

La crisis ha barrido 40.000 comercios y un modelo que vertebra de forma sostenible la vida en una comunidad. La muerte del negocio de proximidad elimina vitalidad y seguridad en los barrios. La crisis ha destruido 40.000 comercios y avanza a un ritmo de 100 cierres de tiendas cada día. Semejante exterminio no sólo está dejando una estela considerable de paro y dificultades, sino que amenaza también un modelo de vida más social, más integrado con el vecindario y muy valioso sobre todo para los mayores.

La recesión y una planificación urbana que no ha primado los espacios comerciales están cambiando el mapa. La familia de Benita Galindo tenía dos colmados en Guadalajara. Han tenido que cerrar uno de los establecimientos y el otro lo mantienen abierto no porque sea rentable sino para poder pagar las deudas contraídas. "La gente no tiene dinero. Compra lo mínimo y cuando lo hace prefiere las grandes superficies por su mayor oferta", se lamenta. Antonio Huerta tiene un pequeño local dedicado al material de oficina en la localidad sevillana de Marchena. Si las cosas no cambian calcula que su margen de aguante es de tan sólo seis meses más. "El consumidor ha dejado la tienda de barrio para los imprevistos", explica.

Los problemas de Benita y Antonio no son casos aislados. Son dos ejemplos de un sector que atraviesa graves dificultades. Desde que estalló la crisis económica en España echan el cierre cada día 100 tiendas, según cálculos de la Asociación de Trabajadores Autónomos (ATA). Consciente de esta situación, el Consejo de Ministros aprobó ayer un real decreto por el que se regula el apoyo financiero a la modernización y mejora del comercio interior, y que tendrá una dotación de 15 millones de euros en 2009 y 2010. Los edificios que se levantan en los nuevos barrios de la periferia adolecen en la mayoría de los casos de espacios reservados en su planta baja para locales comerciales.

Por su parte, en el centro de las ciudades la crisis ha empujado al cierre a establecimientos con gran solera. El comercio minorista todavía goza de una arraigada presencia en España, pero en las últimas décadas ha perdido peso en favor de las grandes superficies, situadas habitualmente en el extrarradio.

Esta tendencia tiene consecuencias que trascienden lo económico y alcanzan aspectos sociológicos, urbanísticos o medioambientales. El pulso entre las tiendas de proximidad y los centros comerciales remite en definitiva a una pregunta de mayor calado: ¿qué modelo de sociedad queremos?

Uno de los impactos más evidentes de las transformaciones que está viviendo el consumo tiene que ver con las relaciones sociales que ha tejido el pequeño comercio en aquellos entornos donde se ha desarrollado. Si la presencia de estas tiendas se debilita se resentiría su capacidad vertebradora. "Estos establecimientos ejercen de lugar de encuentro. La ruta que se hace desde casa a la tienda sirve para encontrarnos con gente y contribuye a extender el concepto de hogar más allá de la propia vivienda", según Paloma Gómez Crespo, profesora de Antropología de la Autónoma de Madrid.

La prolongación de las jornadas de trabajo, el descenso de la natalidad, el aumento de los singles y la incorporación de la mujer al mundo laboral, entre otros aspectos, han obligado a buscar alternativas al concepto tradicional de ir de compras. Si a esto se le añade la proliferación de las grandes superficies y su presión para que los gobiernos y los ayuntamientos flexibilicen los horarios comerciales, el resultado es una transformación en los hábitos de consumo de los ciudadanos. "Lo que sucede con el pequeño comercio es un síntoma de los cambios que se están dando en la sociedad. El ideal para mí sería poder ir a la compra con un mínimo de tranquilidad, que no sea únicamente una mera labor de abastecimiento. No se trata sólo de que los comerciantes se adapten a las nuevas circunstancias, que ya lo hacen, sino de que todos los consumidores reflexionemos acerca de qué tipo de vida preferimos", reflexiona Gómez Crespo. (...) Seguir leyendo el artículo

Documentos TV - Se traspasa



Arturo Pérez-Reverte - Las tiendas desaparecidas



Cada vez que doy un paseo veo más tiendas cerradas. Algunas, las de toda la vida, habían sobrevivido a guerras y conmociones diversas. Eran parte del paisaje. De pronto, el escaparate vacío, el rótulo desapercido de la fachada, me dejan aturdido, como ocurre con las muerte súbitas o las desgracias inesperadas. Es una sensación de pérdida irreparable, aunque sólo haya echado vistazos al escaparate, sin entrar nunca.

Otras de esas tiendas son negocios recientes: comercios abiertos hace un par de años, e incluso pocos meses; primero, los trabajos que precedían a la apertura, y después la inauguración, todo flamante, dueños y dependientes a la expectativa, esperanzados. Ahora paso por delante y advierto que los cristales están cubiertos y la puerta cerrada. Y me estremezco contagiado de la desilusión, la derrota que trasmite ese triste cristal pegado al cristal con las palabras se alquila o se traspasa.

En lo que va de año, la relación es como de una lista de bajas depués de un combate sangriento. Entre las que conozco hay una parafarmacia, dos tiendas de complementos, una de música clásica, una estupenda tienda de vinos, una ferretería, una tienda de historietas, tres de regalos, dos de muebles, cuatro anticuarios, una librería, dos buenas panaderías, una galería de arte, una sombrerería, una mercería e innumerables tiendas de ropa.

También -ésa fue un golpe duro, por lo simbólico- una juguetería grande y bien surtida. Me gustaba entrar en ella, recobrando la vieja sensación que, quienes fuimos niños cuando no había televisión, ni videoconsola, ni nos habíamos vuelto todos -críos incluidos- completamente cibergilipollas, conservamos del tiempo en que una juguetería con sus muñecas, trenes, soldados, escopetas, cocinitas, caballos de cartón, disfraces de torero y juegos reunidos Geyper, era el lugar más fascinante del mundo.

Ahora hablamos de crisis cada día. Hasta los putos políticos y las putas políticas -que no es lo mismo que políticas putas -ahórrenme las putas cartas- lo hacen con la misma impavidez con que antes afirmaban lo contrario. En todo caso, una cosa es manejar estadísticas; y otra, pisar la calle y haber conocido esas tiendas una por una, recordando los rostros de propietarios y dependientes, su desasosiego en los últimos tiempos, la esperanza, menor cada día, de que alguien se parase ante el escaparate, se animara y entrase a comprar, sabiendo que de ese acto dependían el bienestar, el futuro, la familia. Haber presenciado tanta angustia diaria, la ausencia de clientes, el miedo a que tál o cúal crédito no llegara, o a no tener con qué pagarlo. El saberse condenados y sin esperanza mientras, en las tiendas desiertas que con tanta ilusión abrieron, languidecían su trabajo y sus ahorros. Morían tantos sueños.

Eso es lo peor, a mi juicio. Lo imperdonable. Todas esas ilusiones deshechas, trituradas por políticos golfos y sindicalistas sobornados que todavía hablan de clase empresarial como si todos los empresarios españoles tuvieran yate en Cerdeña y cuenta en las islas Caimán. Ignorando las ilusiones deshechas de tanta gente con ideas y fuerza, que arriegó, peleó para salir adelante, y se vio arrastrada sin remedio por la tragedia económica de los últimos tiempos y también por la irresponsabilidad criminal de quienes tuvieron la obligación de prevenirlo y no quisieron, y ahora tienen el deber de solucionarlo, pero ni pueden ni saben. De esa gentuza encantada consigo misma que no sólo carece de eficacia y voluntad, sino que sigue impasible como don Tancredo, procurando ni parpadear ante los cuernos del toro que corretea llevándose a todo cristo por delante.

Un Gobierno cínico, demagogo, embustero hasta el disparate. Una oposición cutre, patética, tan corrupta y culpable de enjuagues ladrilleros que trajeron estos fangos, que resulta difícil imaginar que unas simples urnas cambien las cosas. Sentenciándonos, entre unos y otros, a ser un país sin tejido industrial ni empresarial, sin clase media, condenado al dinero negro, al subsidio laboral con trabajo paralelo encubierto y a la economía clandestina. Con mucho Berlusconi en el horizonte. Un rebaño analfabeto, sumiso, de albañiles, putas y camareros, donde los únicos que de verdad van a estar a gusto, sinvergüenzas aparte, serán los jubilados guiris, los mafiosos nacionales e importados, y los hooligans de viaje y tres noches de hotel, borrachera y vómito incluidos, por veinticinco euros.

Para entonces, los responsables del desastre se habrán retirado confortablemente al cobijo de sus partidos, de sus varios sueldos oficiales, de sus pingües jubilaciones por los servicios prestados a sí mismos. A dar conferencias a Nueva York sobre cómo nos reventaron a todos, dejando el paisaje lleno de tiendas cerradas y de vidas con el rótulo se traspasa. Así que malditos sean su sangre y todos sus muertos. En otros tiempos, al menos tenías la esperanza de verlos colgados de una farola.

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